Por
ocho dólares la hora -12 dólares la hora extra-, Mendoza
y su equipo soportan el aire irrespirable, el barro contaminado
y las infecciones que pululan, sin más herramientas que sus
manos, unos guantes azules, lentes de plástico y tapabocas.
«Con tanta enfermedad, el agua que apesta y la basura... sólo
nosotros trabajamos aquí», dice.
Santo Rivas y José Santos Cirino piensan lo mismo. «En
este país, si no fuera por lo que trabajamos nosotros, no
se haría nada", dice Rivas.
Pero
estos dos amigos tienen otro motivo más importante que los
ocho dólares por hora para estar aquí: ambos vivían
en pleno centro de Nueva Orleans, cuando la ciudad dejó de
ser ciudad y se convirtió en algo parecido a un set de la
película La guerra de los mundos. «Estamos volviendo
a casa», dicen.
Después
de ser evacuados a la fuerza, llegaron a Texas, sólo para
darse cuenta de que allí no sólo no tenían
trabajo ni casa, sino tampoco ayuda alguna. «Fuimos a la Cruz
Roja, y como somos ilegales, me quisieron cobrar para atenderme
por una infección», explica José Santos. «No
nos dieron nada», dice.
Sin
casa, sin auto, sin dinero, y con una familia a la que alimentar
en Honduras, a Santos y Rivas se les iluminaron los ojos cuando
casi por casualidad les llegó una noticia de que la empresa
Belfor de Houston estaba contratando cuadrillas para ir a limpiar
Nueva Orleans. Así que allí volvieron en camionetas
de la empresa, y desde entonces recorren las calles de la capital
del jazz.
No
han visto su casa
Sin embargo, todavía no han podido llegar a su hogar, al
que no ven desde el 29 de agosto, cuando Katrina convirtió
a su querida Nueva Orleans en una ciudad fantasma. «No hay
como ir y no nos dejan entrar», explica. «Al menos ahora
estamos cerca del apartamento».
El sábado, la cuadrilla hispana sacó la alfombra mojada
y con olor a muerte de un edificio. El domingo recorrían
la calle Poydras con escobas y palas, recogiendo basura y restos
de la devastación.
«Es
todo muy extraño», dice Santos, sentado durante la
hora del almuerzo, a la sombra de algunos de los árboles
que quedaron en pie tras el huracán. «Estábamos
acostumbrados a ver bastante gente, y ahora está todo muerto.
Es una ciudad abandonada».
«Nos
dijeron que si queremos, podemos quedarnos en la empresa después
de que termine este trabajo», explica Jesús Villavicencio,
un cubano de 35 años.
A
Santos y Rivas eso no les interesa. «Cuando terminemos este
trabajo, de aquí no nos movemos», dice uno de ellos.
«Cuando la ciudad esté habilitada, aquí nos
vamos a quedar», agrega.
El capataz de la brigada pega un grito y se termina el descanso.
Se suben todos rápidamente a tres camionetas y van a por
otra misión.
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