La globalización es un mito
   

24 de octubre de 2005

Suecia y Honduras son países capitalistas parecidos entre si como el huevo a la castaña. Suecia nunca fue como Honduras ni la república centroamericana llegará jamás al nivel alcanzado por el país nórdico. Se trata de procesos históricos diferentes y de etapas trascendidas.

No hay en la historia europea de la era romana a la época de los grandes descubrimientos geográficos, ningún ejemplo de que un país vencedor hubiera avasallado al otro hasta el punto de anular radicalmente y para siempre sus posibilidades de desarrollo futuro.


Durante dos siglos, Finlandia fue sojuzgada y colonizada por Suecia, que a su vez, durante 100 largos años fue integrada a un reinado del que formaban parte Dinamarca y Noruega.

Ese esquema repetido en toda Europa, es la base de un desarrollo más o menos homogéneo y coherente que permitió que dos mil años después de Jesucristo, todos los países de la región ostentaran un desarrollo más o menos equivalente.

El proceso histórico que condujo a la formación de las naciones y estados del viejo Continente y la identidad europea, con sus matices y coyunturas, forma parte de un devenir endógeno, proveniente de la misma génesis y de una cultura común, desplegado paralelamente en las mismas épocas históricas.

Francos, ibéricos, nórdicos, galos, celtas, germanos, eslavos, convivieron durante siglos en los que se mezclaron y fusionaron, se emparentaron y combatieron, llegando a conocerse profundamente.

No ocurrió lo mismo con las ahora llamadas republicas iberoamericanas.

Cuando desembarcaron en el Nuevo Mundo, los españoles y portugueses, jamás habían oído hablar de América ni de sus pueblos, por los cuales no sentían ningún respeto ni afecto y con los cuales naturalmente no tenían vínculos. La Iglesia no sintió obligación pastoral frente a ellos a los que, sin conocer calificó de paganos e incluso carentes de alma.

No obstante, aun cuando debido a su cultura y a su tecnología, los europeos asumieran una posición de arrogancia y superioridad, incluso de conquista frente a aquellos pueblos, nada explica la crueldad y el radicalismo con que actuaron.

Nunca ningún país europeo tuvo nunca la intención de exportar su modo de producción ni sus modelos de organización política a los pueblos que ellos mismos incorporaron a la civilización occidental. Tampoco ahora existe esa intención.

La globalización es un proceso que ocurre al interior del círculo de los países más desarrollados que para mayor eficiencia, homologan sus tecnologías y normalizan ciertos estándares y patrones, creando esquemas para el ejercicio de la hegemonía y la maximalización de los beneficios.

La mala noticia es que, ni en sueños los países imperiales han pensado compartir con el empobrecido Tercer Mundo las ventajas de esos procesos y mucho menos sumarlos a ellos.

Es insólito que alguien haya supuesto alguna vez que Europa y los Estados Unidos harían extensivo a Africa o Centroamérica los hábitos de consumo norteamericanos o europeos que incluyen tres comidas al día, instrucción escolar obligatoria, acceso a las tecnologías de punta, atención a la salud y otras muchas ventajas.

Tomado ARGENPRESS.info

 
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