Durante
dos siglos, Finlandia fue sojuzgada y colonizada por Suecia, que
a su vez, durante 100 largos años fue integrada a un reinado
del que formaban parte Dinamarca y Noruega.
Ese esquema repetido en toda Europa,
es la base de un desarrollo más o menos homogéneo
y coherente que permitió que dos mil años después
de Jesucristo, todos los países de la región ostentaran
un desarrollo más o menos equivalente.
El proceso histórico que
condujo a la formación de las naciones y estados del viejo
Continente y la identidad europea, con sus matices y coyunturas,
forma parte de un devenir endógeno, proveniente de la misma
génesis y de una cultura común, desplegado paralelamente
en las mismas épocas históricas.
Francos, ibéricos, nórdicos,
galos, celtas, germanos, eslavos, convivieron durante siglos en
los que se mezclaron y fusionaron, se emparentaron y combatieron,
llegando a conocerse profundamente.
No ocurrió lo mismo con las
ahora llamadas republicas iberoamericanas.
Cuando desembarcaron en el Nuevo
Mundo, los españoles y portugueses, jamás habían
oído hablar de América ni de sus pueblos, por los
cuales no sentían ningún respeto ni afecto y con los
cuales naturalmente no tenían vínculos. La Iglesia
no sintió obligación pastoral frente a ellos a los
que, sin conocer calificó de paganos e incluso carentes de
alma.
No obstante, aun cuando debido a
su cultura y a su tecnología, los europeos asumieran una
posición de arrogancia y superioridad, incluso de conquista
frente a aquellos pueblos, nada explica la crueldad y el radicalismo
con que actuaron.
Nunca ningún país
europeo tuvo nunca la intención de exportar su modo de producción
ni sus modelos de organización política a los pueblos
que ellos mismos incorporaron a la civilización occidental.
Tampoco ahora existe esa intención.
La globalización es un proceso
que ocurre al interior del círculo de los países más
desarrollados que para mayor eficiencia, homologan sus tecnologías
y normalizan ciertos estándares y patrones, creando esquemas
para el ejercicio de la hegemonía y la maximalización
de los beneficios.
La mala noticia es que, ni en sueños
los países imperiales han pensado compartir con el empobrecido
Tercer Mundo las ventajas de esos procesos y mucho menos sumarlos
a ellos.
Es insólito que alguien haya
supuesto alguna vez que Europa y los Estados Unidos harían
extensivo a Africa o Centroamérica los hábitos de
consumo norteamericanos o europeos que incluyen tres comidas al
día, instrucción escolar obligatoria, acceso a las
tecnologías de punta, atención a la salud y otras
muchas ventajas.
Tomado
ARGENPRESS.info
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