Es pos
del "sueño americano", los inmigrantes deben sortear
a los asaltantes de caminos, el maltrato de algunos agentes corruptos
y los traficantes de personas ("polleros"), temperaturas
extremas, el hambre, las serpientes y los alacranes del desierto.
Esas dificultades se suman a la
pretensión de legisladores en Washington de construir más
vallas y reforzar la vigilancia en la frontera sur para detener
el paso de los indocumentados, como se observa en la localidad de
Nogales, en el estado de Sonora, lindante con Arizona (EEUU).
Los hondureños Wilfredo Ortiz
y Andrés Fuentes pretendían llegar "al norte",
pero terminaron maltrechos y convalecientes en un albergue para
inmigrantes de la ciudad de Mexicali, próxima a Nogales,
tras caerse de un tren y perder un pie cada uno.
Ambos se conocieron esta semana
en el albergue "Casa Betania", tras sufrir percances en
trenes distintos, tal como ocurre casi a diario en México
con los indocumentados de otros países latinoamericanos.
Ortiz, de 38 años y oriundo
de la localidad hondureña de San Lorenzo (sur, cerca de la
frontera con Nicaragua), dijo a EFE que se cayó del convoy
cuando llegaba a Nogales, 35 días después de haber
iniciado la travesía mexicana en el estado sureño
de Chiapas, lindante con Guatemala.
Tras el accidente, fue recogido
por funcionarios del Instituto Nacional de Migración de México
(INM), socorrido por la Cruz Roja y llevado a "Casa Betania",
donde admite su frustración por no haber podido llegar a
EEUU para "trabajar duro y enviar dinero" a su mujer y
sus cinco hijos, todos menores de edad.
"Es duro saber que debo regresar
a Honduras derrotado y lisiado, pero debemos seguir luchando",
dijo Ortiz en una sala de "Casa Betania" en la que había
una imagen de la Virgen de Guadalupe y un letrero que llamaba a
la esperanza: "Inmigrante, no estás solo".
Fuentes, un indígena de la
etnia Lenca y originario de la región hondureña de
Intibucá, en la frontera con El Salvador, estuvo en el umbral
de la muerte el pasado 24 de diciembre, cuando se cayó del
tren en el que llegaba a Mexicali, en el estado mexicano de Baja
California, vecino de Sonora y de California (EEUU).
También padre de cinco hijos
menores, Fuentes contó a EFE que en su recorrido de más
de un mes desde Tapachula (Chiapas) sufrió "las pruebas
más horribles" como pasajero clandestino, tal como ocurrió
con otros hondureños, guatemaltecos, nicaragüenses,
salvadoreños, brasileños, colombianos y ecuatorianos
que viajaban con él.
"Ahora sólo deseamos
regresar a Honduras, ojalá en avión, y que alguien
nos ayude para comprar una prótesis", dijo Fuentes,
en coincidencia con lo expresado por Ortiz.
Los dos indocumentados aseguraron
que salieron en busca del "sueño americano" porque
en Honduras, uno de los países más pobres de América
Latina, "no hay empleo ni esperanzas".
"Creo que el (futuro) presidente
hondureño (Manuel Zelaya) deberá hacer algo muy serio
para que la gente no se vaya a México y EEUU y para que no
siga muriendo por el camino", enfatizó Ortiz.
Los dirigentes de "Casa Betania"
y de otros albergues de Sonora afirman que acogen temporalmente
cada mes a más de 400 inmigrantes varados, el 25 por ciento
de ellos procedente de Centroamérica y Suramérica
y muchos heridos o al borde de la muerte.
"Muchos indocumentados, incluidos
mujeres y niños, sufren demasiado al atravesar el desierto
de Sonora y Arizona", dijo Tomás Reyes Hernández,
directivo de "Casa Betania".
Los casos de inmigrantes enfermos
en la frontera tienden a crecer en la medida en que más mexicanos
llegan a la región en autobuses procedentes de Chiapas, Oaxaca,
Puebla, Michoacán, Jalisco y otros estados.
Esos
indocumentados están "saliendo por cientos" del
interior de México hacia la frontera, tras el fin de las
fiestas navideñas bajo la tradición de intentar viajar
a EEUU en los meses de enero, febrero y marzo, a pesar del intenso
frío, concluyó Reyes. EFE |