La
capital estadounidense, Washington, y la ciudad de Boston, en
el estado de Massachusetts, son los escenarios elegidos para las
marchas convocadas para hoy por las organizaciones de defensa
de los inmigrantes, que cuentan con el apoyo de otros grupos económicos
y religiosos.
En
Washington, cientos de líderes religiosos de todo EEUU
planean manifestarse en las inmediaciones del Capitolio con sus
manos esposadas, en señal de denuncia por las propuestas
legislativas que criminalizan a los indocumentados y a quienes
les ayuden a buscar trabajo.
No
se espera, sin embargo, que alguno de los actos convocados para
hoy tenga un seguimiento tan masivo como la "megamarcha"
celebrada el sábado en Los Angeles, en la que participó
hasta medio millón de personas, convirtiéndose así
en la mayor protesta en la historia reciente de EEUU.
Los
inmigrantes, en su mayoría de origen hispano, quieren hacer
oír su voz con vistas a frenar algunas de las medidas que
se barajan para incluir en la reforma de la política de
inmigración y que han suscitado serias divisiones entre
los propios legisladores, incluso los del Partido Republicano
del presidente George W. Bush.
Una
de las más controvertidas es el llamado programa de trabajadores
huéspedes, que defiende Bush y rechazan algunos de sus
correligionarios.
Es
el caso del representante republicano Tom Tancredo, quien considera
que ese programa -que permitiría a los indocumentados legalizar
su situación, pero sólo mientras realicen un trabajo
que no quieran hacer los estadounidenses- es una amnistía
encubierta.
Según
Tancredo, si se les permite entrar sin permiso y quedarse, con
el único castigo de pagar una multa, se enviaría
un "horrible mensaje", sobre todo a las personas que
tratan de llegar a EEUU siguiendo todos los pasos legales.
El
plan de Bush, añadió, "es una bofetada en la
cara de cada persona que lo ha hecho bien, y de todos los que
esperan para hacerlo de forma correcta".
El
también republicano y presidente del Comité del
Senado en el que se va a discutir la reforma, Arlen Specter, explicó
que el citado programa no tiene nada de amnistía.
Specter
considera que los inmigrantes tendrían que pagar una multa,
demostrar que trabajan y ponerse en la cola de la lista de quienes
aspiran a obtener la ciudadanía estadounidense.
Bush
también lo considera así y lo defiende con firmeza
porque, en su opinión, contribuiría a aliviar la
presión en la frontera con México, el país
más afectado por la futura reforma, ya que se calcula que
unos diez millones de mexicanos viven en EEUU y la mitad de ellos
son indocumentados.
El
Gobierno mexicano, que ha expresado su confianza en que la reforma
se concrete en una legislación justa y humanitaria, seguirá
con atención las discusiones de Washington.
Esas
discusiones se elevarán al máximo nivel el jueves
en el balneario de Cancún, donde el presidente mexicano,
Vicente Fox, tendrá ocasión de hablar del asunto
directamente con Bush, en el marco de una reunión tripartita
en la que también participará el primer ministro
canadiense, Stephen Harper.
La
secretaria de Estado, Condoleezza Rice, se refirió el domingo
a esta cita, al afirmar que lo que se espera de las autoridades
mexicanas es que reconozcan "la importancia de la defensa
de las fronteras y de las leyes estadounidenses".
Rice
se mostró confiada en que México asumirá
su responsabilidad en este ámbito y precisó que
la reforma migratoria debe también prever un trato "humano"
para los indocumentados.
"Tenemos
una población aquí que debe ser tratada de forma
humanitaria. No importa cómo hayan venido", subrayó
Rice.
El
senador demócrata Edward Kennedy declaró que lo
que hay que considerar es que "tenemos a esas personas aquí"
y el reto consiste en abordar su situación de la mejor
manera posible y sin perjudicar a quienes siguen las vías
legales. EFE