El sueño frustrado
de una hondureña
   
03 de abril de 2006

Nuevo Laredo - Derrotada, sin dinero, y con la ilusión rota por no haber logrado el tan ansiado ‘Sueño Americano’, Damaris, una mujer de 35 años que salió hace un mes de una comunidad cercana a ‘El Paraíso’, en Honduras, vivió durante treinta días la terrible experiencia que vive todo centroamericano cuando ingresa a México.


Con los pies destrozados de tanto caminar y la frustración de no haber podido llegar a Estados Unidos, Damaris se lamenta de ser tan pobre, pero no de ser madre soltera ni de haber dejado a sus cuatro hijos con la ilusión de volverla a ver.

“La pobreza me obligó a salir de Honduras y venirme a México. Yo vivo muy pobre, y salí para buscar mejores condiciones de vida para mis hijos”, menciona.

Al igual que otras siete centroamericanas y una ahitiana, quienes fueron aseguradas hace unos días por agentes del INM en esta frontera, esta mujer abandonó todo en Honduras, en la búsqueda de un mejor futuro para sus hijos, algo que jamás podrá ofrecerles en su país.

“Tengo cuatro hijos y desde hace un mes que no los veo, porque decidí irme a Estados Unidos a Trabajar”, recuerda la mujer cuyo rostro refleja la determinación de un nuevo intento por llegar a su destino.

El inicio del éxodo
La historia de Damaris inició hace treinta días, cuando ingresó como indocumentada a México, por la frontera de Talismán, en Chiapas, en donde tuvo que pasar la ‘aduana’ de la policía local, al ser despojada de parte del dinero que traía consigo, a cambio de permitirle continuar con su incierta aventura.

Desde entonces, la corrupción de algunos policías y la incertidumbre de haber iniciado esta aventura en la que muchos terminan muertos, sembró el temor en ella, pero aún así decidió no ceder y continuar con su trayecto rumbo a la ciudad de México.

“Desde Chiapas caminé mucho sola, porque tenía miedo de los asaltantes A veces tomaba el tren y así la pasé durante ocho días”, relata la mujer cuyo color de piel la delataba a cada momento ante las autoridades mexicanas.

De comer, solo unas tortillas duras que de manera generosa le daban algunos de los pasajeros del tren en el que viajó hasta la ciudad de México, lo que minó su resistencia pero no su voluntad de seguir adelante.

“A veces, cuando tenía que bajar del tren, pedía caridad a la gente, pero solo un pedazo de pan comía a diario, cuando la gente se compadecía de mi situación”, menciona la mujer, entrevistada en la Estación Migratoria de esta ciudad, en donde junto con otros 73 extranjeros asegurados, esperaba la deportación.

Recuerda que al igual que en Tapachula, en Celaya, Guanajuato, fue detenida cuando caminaba por las vías del tren por policías uniformados que la despojaron de su dinero, a cambio de permitirle continuar su trayecto.

“A veces en el tren nos maltratan mucho, pero cuando nos bajan del tren, ya nos están esperando los policías, y nos piden dinero, y si no les damos nos suben a la patrulla. A mi me subieron y me dieron la vuelta por Celaya, y me quitaron la cartera donde tenía 300 pesos. Dijeron: Quítale 250 pesos y déjale solo 50 para el viaje”, relata con amargo recuerdo.

Con el típico olor de un migrante que no se asea, Damaris relata que varias veces estuvo a punto de ser abusada sexualmente, pero que la mugre pegada a su piel y el fuerte olor a sudor, le salvaron tal vez la vida.

“No abusaron de mi porque como uno camina mucho, apestamos a sudor y estamos mugrosos. A veces ni se nos mira la piel de tanta mugre que tenemos, y eso de repente nos salva la vida a muchas. Pero creo que si la miran a una arregladita...”, no terminó la frase porque el llanto se lo impidió.

No hay trabajo, dice universitaria
Así salió Damaris de su natal Honduras, con la ilusión de llegar a Estados Unidos, pero fue el destino hizo que fuera detenida el 25 de marzo, dentro de un autobús de pasajeros en la garita del kilómetro 26, antes de llegar a Nuevo Laredo.

En el mismo autobús viajaba Lesly Karina, una joven universitaria nicaragüense de 20 años de edad, quien pese a haber estudiado la carrera de Relaciones Internacionales, nunca pudo trabajar debido a la falta de ‘contactos’, por lo que también decidió abandonar su país para intentar internarse en Estados Unidos.

“La crisis económica me obligó a salir de Nicaragüa, pero al entrar a México, luego luego nos piden dinero. Todos los policías son iguales”, dice la joven, quien salió con algunas monedas, las que le fueron arrebatadas por los policías locales de Tapachula, Arriaga, La Venta y El Jìcaro, ya en México..

A diferencia de Damaris, Karina solo tardó diez días en su viaje a esta frontera, tiempo suficiente para darse cuenta de la enorme corrupción que existe entre los policías mexicanos, pero aún así nunca renunció a su afán de llegar a la frontera con Estados Unidos, penúltimo escalón de su viaje.

“Soy universitaria y se hablar inglés, porque estudié la carrera de Relaciones Internacionales. Pero de nada me sirve eso ahora porque no hay trabajo en mi país”, reflexiona con enorme amargura, tal vez porque cuando solicitó una visa al consulado norteamericano, también se la negaron.

Sin embargo, al llegar a la garita del kilómetro 26, cuando el autobús en el que viajaba, fue detenido por agentes del INM para la revisión de documentos, dijo que los agentes en forma selectiva, decían quienes bajaban y quienes continuaban el viaje.

“Cuando entraron al camión, dijeron: Tú, tú y tú, se bajan, pero no hicieron lo mismo con los hombres que tampoco tenían documentos, a los que dejaron ir”, menciona.

Las estadísticas
De acuerdo a datos del centro de estudios Fronterizos y de Promoción de los Derechos Humanos (Cefprodhac), con sede en Reynosa, el año pasado perdieron la vida en las aguas del río Bravo en la frontera de Tamaulipas, 80 migrantes, de los que cuatro fueron mujeres. De ellos 31 perdieron la vida en Nuevo Laredo.

Asimismo, relata ese centro de estudios, que durante el dos mil cuatro, la cantidad de migrantes muertos en el Bravo, fue de 86, cuatro de ellos eran mujeres, de los que 25 se ahogaron en Nuevo Laredo.

Otros datos indican que cada día son deportados de estados Unidos por esta frontera, entre 100 y 150 mexicanos, algunos de ellos piden apoyo a la casa del Migrante, lugar que solo tienen capacidad para atender a cien personas.

Asimismo, de enero a la marzo, el instituto Nacional de Migración aseguró en esta ciudad durante operativos especiales, a 740 extranjeros que deambulaban por las calles o estaban en hoteles.

El año pasado la cantidad de migrantes que solicitaron apoyo a la casa del Migrante, fue de 11 mil 407, mientras que en el presente año lo solicitaron dos mil 400, lo que indica que de seguir esta tendencia, al final del este año pudieran haber pasado por ese lugar más de 10 mil personas, entre mexicanos y extranjeros.

Tomado de Enlineadirecta.info

 
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