Desentrañan historia de libros
prohibidos por la iglesia
   

04 de mayo de 2006

Berlín - El historiador alemán Hubert Wolf, especialista en asuntos de la iglesia, ha publicado recientemente un libro en el que pasa revista a la historia de los libros prohibidos por El Vaticano y trata de desentrañar las discusiones previas a su censura.

 

El libro, titulado "Index, Der Vatikan und die verbotene Bücher" ("Indice. El Vaticano y los libros prohibidos) constata que la censura eclesiástica se convirtió en una institución en 1571 y que en los siglos siguientes, como reacción a la reforma protestante y a la ilustración, intensificó sus trabajos.

En el siglo XIX, cuando la censura estatal desapareció paulatinamente en Europa y en el mundo protestante la censura religiosa dejó de practicarse, el índice se mantuvo y sólo llegó a ser abolido en 1966 bajo el pontificado de Pablo VI.

La decisión de qué libros iban a parar al índice de títulos prohibidos, según Wolf, dependía en buena parte del censor del turno.

Algunos, se mostraban radicales e inflexibles y veían en todas partes atentados contra la fe, mientras otros preferían ser cuidadosos para evitar vergüenzas con prohibiciones de títulos que no se desviaban de las creencias católicas.

Así, por ejemplo, "La cabaña del tío Tom", la célebre novela antiesclavista de la autora metodista Harriet Beecher Stowe, no llegó al índice pese a haber sido denunciada ante la censura.

La ausencia de esa novela del índice de los libros prohibidos se debió, según Wolf, a los esfuerzos de un censor para demostrar que la obra no era un manifiesto revolucionario sino que se apoyaba en la convicción católica de la igualdad de las razas humanas.

El libro muestra además como las consecuencias de una aparición en el índice variaba de acuerdo al tipo de autores de los que se tratase.

Mientras que para un teólogo que tuviera pretensiones de hacer carrera universitaria la aparición de una obra suya en el índice podía suponer su relegación profesión, otro tipo de autores se tomaban ese destino con indiferencia y hasta con sarcasmo.

Tal fue el caso del historiador Ferdinand Gregorovius, autor de una historia de Roma en la Edad Media que se hizo famosa, que aseguró en 1874 que el Papa estaba haciendo buena publicad para su obra.

Normalmente las obras escritas en idiomas romances, o traducidas a ella, corrían mayor peligro, o tenían mayores posibilidades, de entrar a formar parte de ella porque los censores leían poco inglés y alemán ya que consideraban que se trataba de idiomas bárbaros.

El poeta Heinrich Heine y el historiador Leopold von Ranke cayeron en el punto de mira de los censores debido a las traducciones francesas de sus obras.

El teólogo Karl Rahner se opuso a la traducción al francés de sus libros para evitar problemas con El Vaticano.

A lo largo de los siglos, se incluyeron en el índice cerca de 8.000 publicaciones entre las que se cuentan "Madame Bovary", de Gustav Flaubert, "El segundo sexo", de Simone de Beavoir, novelas de Honoré de Balzac o obras de filósofos como René Descartes, Emanuel Kant o Blaise Pascal.

Charles Darwin, en cambio, no está pero si una serie de católicos darwinistas como John Zahm con su obra "Evolución y dogma".

El caso de Wolf se concentra en nueve casos ejemplares, los condenados Heine, Ranke y Augustin Theiner, teólogo, y nueve autores absueltos, entre los que está Beecher Stoewe.

Lo interesante del libro es que por primera vez, gracias a la apertura de los archivos de la inquisición y de la Congregación del Indice de Libros Prohibidos en 1998, hay detalles sobre los procesos y su lógica interna.

Antes, como lo advierte Wolf, los historiadores sólo podía ocuparse de la historia de los autores censurados porque de los censores era poco lo que se sabía, ya que los documentos sobre los procesos estaban bajo llave. EFE

 
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