El
libro, titulado "Index, Der Vatikan und die verbotene Bücher"
("Indice. El Vaticano y los libros prohibidos) constata que
la censura eclesiástica se convirtió en una institución
en 1571 y que en los siglos siguientes, como reacción a la
reforma protestante y a la ilustración, intensificó
sus trabajos.
En
el siglo XIX, cuando la censura estatal desapareció paulatinamente
en Europa y en el mundo protestante la censura religiosa dejó
de practicarse, el índice se mantuvo y sólo llegó
a ser abolido en 1966 bajo el pontificado de Pablo VI.
La
decisión de qué libros iban a parar al índice
de títulos prohibidos, según Wolf, dependía
en buena parte del censor del turno.
Algunos,
se mostraban radicales e inflexibles y veían en todas partes
atentados contra la fe, mientras otros preferían ser cuidadosos
para evitar vergüenzas con prohibiciones de títulos
que no se desviaban de las creencias católicas.
Así,
por ejemplo, "La cabaña del tío Tom", la
célebre novela antiesclavista de la autora metodista Harriet
Beecher Stowe, no llegó al índice pese a haber sido
denunciada ante la censura.
 |
La
ausencia de esa novela del índice de los libros prohibidos
se debió, según Wolf, a los esfuerzos de un
censor para demostrar que la obra no era un manifiesto revolucionario
sino que se apoyaba en la convicción católica
de la igualdad de las razas humanas.
El
libro muestra además como las consecuencias de una
aparición en el índice variaba de acuerdo al
tipo de autores de los que se tratase.
|
Mientras
que para un teólogo que tuviera pretensiones de hacer carrera
universitaria la aparición de una obra suya en el índice
podía suponer su relegación profesión, otro
tipo de autores se tomaban ese destino con indiferencia y hasta
con sarcasmo.
Tal
fue el caso del historiador Ferdinand Gregorovius, autor de una
historia de Roma en la Edad Media que se hizo famosa, que aseguró
en 1874 que el Papa estaba haciendo buena publicad para su obra.
Normalmente
las obras escritas en idiomas romances, o traducidas a ella, corrían
mayor peligro, o tenían mayores posibilidades, de entrar
a formar parte de ella porque los censores leían poco inglés
y alemán ya que consideraban que se trataba de idiomas bárbaros.
El
poeta Heinrich Heine y el historiador Leopold von Ranke cayeron
en el punto de mira de los censores debido a las traducciones francesas
de sus obras.
El teólogo Karl Rahner se opuso a la traducción al
francés de sus libros para evitar problemas con El Vaticano.
A
lo largo de los siglos, se incluyeron en el índice
cerca de 8.000 publicaciones entre las que se cuentan "Madame
Bovary", de Gustav Flaubert, "El segundo sexo",
de Simone de Beavoir, novelas de Honoré de Balzac o
obras de filósofos como René Descartes, Emanuel
Kant o Blaise Pascal.
Charles
Darwin, en cambio, no está pero si una serie de católicos
darwinistas como John Zahm con su obra "Evolución
y dogma".
|

|
El
caso de Wolf se concentra en nueve casos ejemplares, los condenados
Heine, Ranke y Augustin Theiner, teólogo, y nueve autores
absueltos, entre los que está Beecher Stoewe.
Lo
interesante del libro es que por primera vez, gracias a la apertura
de los archivos de la inquisición y de la Congregación
del Indice de Libros Prohibidos en 1998, hay detalles sobre los
procesos y su lógica interna.
Antes,
como lo advierte Wolf, los historiadores sólo podía
ocuparse de la historia de los autores censurados porque de los
censores era poco lo que se sabía, ya que los documentos
sobre los procesos estaban bajo llave. EFE
|