Edificio del Congreso reabre puertas después de falsa alarma

   

26 de mayo de 2006

Washington - Una falsa alarma paralizó hoy uno de los principales edificios del Congreso de EEUU tras escucharse "unos disparos" en el garaje pero, tras cinco horas de máxima alerta, alarma e inmovilización, todo se debió a un malentendido del ruido procedente de una obra.


La Policía lo explicó así: "Había unos trabajadores en el garaje del Rayburnm en el área del ascensor. En el cumplimiento de sus rutinas, hicieron algún tipo de ruido que parecieron disparos".

Esta explicación fue suficiente para que el edificio Rayburn, una de las sedes de la Cámara de Representantes, volviera a la normalidad después de haber alarmado al país.

Atrás quedaron cinco horas en las que la Policía del Capitolio, apoyada por agentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), selló el edificio Rayburn con gran aparato: Cordón policial, megafonía tranquilizadora e incluso un sistema de información de la situación a través de móviles.

Tras un caos inicial por la falta de detalles, la movilización de equipos de respuesta rápida y la parálisis de las actividades legislativas en el edificio -en el lado del Senado todo seguía su curso normal-, la Policía informó de que no fueron tiros.

Una portavoz de la Policía, la sargento Kimberly Schneider, dijo que un empleado del Congreso hizo una "llamada legítima" a las autoridades para informarles de que "le pareció oir disparos".

"Sólo eran tareas de rutina" de los trabajadores de construcción, enfatizó Schneider.

El incidente, que se inició a las 10.30 hora local (14.30 GMT), tuvo un final feliz en el que no hubo víctimas, ni daños materiales, pero sí algún ataque de pánico como el que sufrió una empleada del Congreso que tuvo que ser trasladada en ambulancia a un hospital.

La retransmisión en directo del desalojo de la enferma colaboró al incremento de los temores ya que se pensó que se trataba de un herido.

El incidente que la Policía trató como un "asunto muy serio", mantuvo en vilo a las autoridades del Capitolio.

Aproximadamente cada media hora, se anunciaba por un altavoz que las autoridades continuaban investigando el incidente, mientras la Policía notificaba al personal retenido en su interior, sobre la inminente pesquisa de todo el edificio, uno de los tres que utilizan los legisladores de la Cámara de Representantes.

Cual escena de un drama policial, los agentes, con metralletas en ristre y caminando contra la pared y en cámara lenta, registraron el edificio sala por sala, incluso las instalaciones de tiro al blanco en el sótano, que los policías usan para sus entrenamientos.

Buscaron por todas partes al escurridizo autor de los disparos pero no lo encontraron. Los "agresores", en realidad, resultaron ser unos inofensivos trabajadores de la construcción.

Las autoridades dieron órdenes a los empleados de recluirse en sus oficinas y además prohibieron el uso de los pasillos porque, según explicaron, era "preferible tomar precauciones".

Esas preocupaciones se han incrementado significativamente en el Congreso y otros edificios del Gobierno federal a raíz de los atentados del 11 de septiembre del 2001.

Los turistas, empleados, y periodistas atrapados en el caos fueron trasladados a la cafetería del edificio.

Este fue un "gesto humanitario" de la Policía para que el personal desperdigado por error en los pasillos estuviesen "más cómodos", según explicó el teniente J. Planchart a los periodistas que lo acorralaron a la entrada de la cafetería.

Así, la cafetería, donde había menos de una decena de personas cuando comenzó la confusión, se convirtió lentamente en un verdadero campo de refugiados, hambrientos y ansiosos de regresar, ellos mismos, a sus rutinas.

Entre cada actualización de las autoridades -con escasos detalles cada vez-, los "blackberry" (agendas electrónicas con capacidad para recibir mensajes por internet) y los teléfonos móviles eran el único contacto con el exterior para los periodistas y resto de personas acuarteladas en la cafetería.

Una visita a los lavabos requería siempre de un escolta, mientras varios policías vigilaban los corredores.

La cédula de periodista -había un total de seis, entre camárografos, corresponsales y fotógrafos de tres medios internacionales- no tenía valor absoluto y la respuesta de la Policía fue siempre la misma: "nadie sale hasta nueva orden". EFE

 

 
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