Pero
Lula se repuso de tal modo del escándalo que descabezó
al PT y puso ante la Justicia a sus ex ministros José
Dirceu y Antonio Palocci, que hoy es claro favorito para las
elecciones del 1 de octubre, con un respaldo de casi el 50 por
ciento del electorado.
Este
sindicalista de acero, casado con Marisa Leticia Rocco, con
quien tiene tres hijos, abrevó en el ideario marxismo
y se curtió en las luchas contra la dictadura en los
años 70. Sabe de adversidades desde su infancia, en el
árido interior de Pernambuco, uno de los estados más
pobres del miserable noreste brasileño.
Su
vida tiene, de hecho, guión de telenovela.
Nació
en 1945, pero ni él mismo sabe si fue el 6, como dicen
los registros, o el 27 de octubre, como decía su madre,
muerta en 1980.
Su
padre, el campesino analfabeta Arístides da Silva, tuvo
22 hijos con dos mujeres: Lindu, la madre de Lula, y Valdomira,
prima de la anterior, con la que huyó a Sao Paulo cuando
faltaba un mes para que naciera el actual presidente de Brasil.
Todos
llegaron a convivir en un cuarto en Sao Paulo, el rico e industrializado
estado en el que Lula conoció a su padre a los cinco
años y al trabajo a los siete, cuando empezó a
vender tapioca, maní y naranjas en un muelle del puerto
de Santos.
Fue
limpiabotas y acabó la primaria en 1956. Fue el primero
de la familia en lograr un título, el de tornero mecánico,
que es el único que tiene en su vida.
A
los 14 años tuvo su primer empleo como tornero y en 1966
entró al Sindicato de Metalúrgicos de Sao Bernardo,
desde cuya presidencia lideró el mayor movimiento obrero
de la historia brasileña.
Eran
los "años de plomo" de la dictadura y Lula
fue detenido por el régimen militar tras encabezar unas
memorables huelgas. Mientras estaba en prisión, murió
su madre. Su padre, alcoholizado, había muerto años
atrás y acabó sepultado como indigente.
En
1980, con la apertura política, Lula se juntó
a un centenar de obreros e intelectuales para fundar el PT,
una formación nacida bajo el ala del trostkismo y hoy
escorada más al centro que a la izquierda.
Fue
candidato presidencial del PT en 1990, 1994, 1998 y 2002, año
en que llegó al poder con 52 millones de votos y un lema
de "paz y amor" muy diferente al radical discurso
del desaliñado barbudo que pregonaba socialismo y condenaba
a los organismos internacionales.
En
sus primeros meses de gobierno llevó a las primeras planas
de los diarios la cara más africana de Brasil. Hizo una
gira por las regiones más pobres con todo su gabinete,
para que sus ministros de "buena cuna" sintieran el
olor de la pobreza.
Sin
embargo, en lo económico no dudó en seguir un
rumbo ortodoxo.
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Los
críticos de izquierda, dentro y fuera del PT, le
tildaron de "neoliberal".
Los
ignoró, pero quienes le criticaron desde el interior
del PT fueron expulsados sumariamente de la formación
con un apoyo claro y explícito de Lula, a quien
no le tembló el pulso para poner orden en el partido.
Hasta
mediados del año pasado, nadie dudaba de que Lula
ganaría una nueva elección si se postulase.
Pero se le atravesó el enemigo más inesperado:
uno de los mayores escándalos de corrupción
que se recuerden en Brasil, centrado en el PT y en muchos
de sus más fieles escuderos.
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Apareció
entonces el Lula más pragmático. Se dijo traicionado,
desmarcó al Gobierno del PT paulatinamente para darle
ingreso a partidos de centro y derecha y sostuvo que "jamás"
fue "un hombre de izquierdas", sino solamente un sindicalista.
Ese
pragmatismo y su extraordinaria sintonía con las masas,
que le ven como un "hijo del pueblo", que habla su
misma lengua y hasta comete los mismos errores de dicción
del hombre llano, le alejaron de los escándalos pese
a los ataques de una oposición que hizo lo imposible
por involucrarle.
Esa
conexión con los pobres esta ahora sintetizada en el
lema de su campaña: "Lula de nuevo, con la fuerza
del pueblo". EFE