Lejos
están las crisis que pulverizaban a la moneda nacional,
las elecciones con trampas, el congreso condescendiente al mandatario
en turno. En la década anterior, la evolución
política de México ha desbaratado monopolios,
ha vuelto a los políticos más responsables con
la población y atraído inversiones extranjeras
desde Citibank hasta las donas Krispy Kreme.
Pero la democracia también ha dado origen
a un caos legislativo que estancó las necesitadas reformas,
a una tibia ofensiva contra los narcotraficantes que sólo
desató una cruenta guerra entre éstos por el control
de las rutas, y a una nación colmada de contrariados
electores que algunas veces añoran un sistema político
autoritario que al menos hacía las cosas.
En una encrucijada dos semanas antes de elegir
a su nuevo gobernante, los mexicanos están divididos
a la mitad entre un izquierdista que se ofrece como el salvador
de los pobres y un candidato de un partido conservador que promete
mantener la línea fiscal que lleva México.
La decisión de los electores determinará
si el país se pliega a la tendencia izquierdista en América
del Sur, o profundiza las reformas de libre mercado y su ya
estrecha alianza con Estados Unidos. Quien gane tendrá
que atraer la atención de un presidente estadounidense
preocupado por Irak, y luego hacerlo de nuevo dos años
más tarde después de las elecciones al norte de
la frontera.
Por lo pronto, los mexicanos han experimentado
la democracia el tiempo suficiente para ser un poco displicentes
hacia ese sistema.
Hace seis años, una euforia nacional
dio la bienvenida a la histórica victoria de Vicente
Fox, que puso un súbito y sorprendente fin a 71 años
de gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Los mexicanos creían que todo era posible. Muchos esperaban
que por fin el país intercambiaría sus muchas
riquezas —reservas petroleras y minerales, kilómetros
de impresionantes costas, una subutilizada fuerza laboral—
por un lugar en el primer mundo.
Hoy están decepcionados de la realidad.
Aunque la economía del país se encuentra estable,
gracias a un banco central fuerte y a la integración
de México a la economía mundial, el presidente
Fox no creó los millones de empleos que prometió
y los salarios son todavía demasiado bajos —el
salario mínimo es de 47,05 pesos (cuatro dólares)
al día— para los muchos que tienen que vivir con
esa cantidad.
La constitución prohibe a los presidentes
buscar la reelección, y el actual mandatario planea retirarse
a su hacienda en el centro de México luego que su reemplazo
sea investido el 1 de diciembre.
Es muy probable que el ganador sea o el conservador
Felipe Calderón del Partido Acción Nacional (PAN),
al que pertenece Fox, o el izquierdista Andrés Manuel
López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática
(PRD).
Ambos libran una agresiva batalla en la que
se critica acremente al adversario, acusándose mutuamente
de tráfico de influencias y de robo de fondos gubernamentales
para sus campañas.
Calderón dice que López Obrador
sería peligroso para México. Incluso difundió
propaganda con ataques en los que compara al político
que viste guayabera —un tipo de camisa típica de
la península de Yucatán— y nació
en un estado rico en petróleo, con el presidente Hugo
Chávez de Venezuela, que se ha caracterizado por sus
tendencias izquierdistas.
López Obrador dice que Calderón,
ex secretario de Energía de Fox, representa más
de la misma e ineficiente burocracia que satisface a los ricos.
Con el despreocupado lema de campaña
“Sonríe: Vamos a ganar”, López Obrador,
que cobró popularidad como jefe de gobierno de la Ciudad
de México, ha recorrido el país, adornado con
flores y regodeándose en los miles de simpatizantes que
portan broches de campaña con una carita sonriente.
Calderón ha pasado de la rigidez a la
soltura al desarrollar un estilo relajado y detenerse a menudo
a conversar brevemente con electores. Sus seguidores lo aclaman
levantando ambas manos, un saludo a su lema de campaña
de “manos limpias”.
Las
encuestas colocan a los dos candidatos en una competencia pareja.
Los mexicanos, tradicionalmente pasivos si acaso no resignados,
están divididos entre los dos extremos opuestos. Algunos
temen hechos de violencia si no hay un ganador evidente.
Tomado
de IBLNEWS