"¡Me
traicionó, Vicente, me traicionó! Me voy a vengar,
juro que me voy a vengar de esa maldita" -gritaba Marta
Sahagún de Fox, inflamada en llamas mientras sacudía
un ejemplar de "La Jefa", que había llegado
a Los Pinos en la víspera de su aparición. "¡Vicente,
mira cómo nos pagó la maldita y nosotros que le
abrimos las puertas de nuestra casa!"
Vuelo
atrás en el tiempo, me detengo en esta frase -recurrente
entre ciertos personajes del dorado firmamento del poder- y
en el instante exacto en que ustedes me conocieron, cuando mi
libro, es decir, la controvertida, polémica, debatida,
cuestionada, impugnada, irritante, atrevida, alabada, escandalosa,
chismosa, agresiva, audaz -y ya ni recuerdo cuántos adjetivos
más le endosaron- biografía de Marta Sahagún
de Fox, vio la luz bajo el cielo inquietante de México,
mi otra patria.
Aquí
estoy con un nuevo libro que hace tiempo recorre mis entrañas.
Son crónicas de hombres y mujeres frente al poder y la
fama. En la cima de sus impudicias o en el zócalo de
sus miserias; en sus crueles guerras privadas o colectivas;
en los desatinos o en la sabiduría; en el amor y en el
olvido; en la estupidez y en la maldad. Impredecibles, voraces,
impiadosos, generosos, perversos, valien¬tes, cobardes,
hipócritas y humanos. Profundamente humanos.
Y
mi voz entrecruzada en los textos; sobresaltada a veces, apagada
por la pena, el dolor o la impotencia; otras, cerquita o lejos,
oyendo y observando todo, involucrada de los pies a la cabeza,
mostrando y mostrándome.
Pero
antes de ingresar a ese territorio, se me hace imprescindible
volver atrás. Para decir modestamente lo que pienso y
creo, reafirmar mis banderas y ayudar a la memoria a recordar
una historia, que también se construye con la crónica
de todos los días: la intimidad brutal de la guerra cotidiana
por el sexenio que viene; la historia pública y privada
de los candidatos presidenciales, Andrés Manuel y Roberto
Madrazo; las sórdidas batallas de las tribus perredistas
que pugnan por reinar en Los Pinos y no se diferencian en nada
de sus padres priístas y sus cuates panistas; el contraste
entre la cima fiestera y la vastísima cloaca social que
malvive en la desesperación de la miseria; las anécdotas
absurdas del Palacio; los tejes y manejes políticos de
la primera dama y el exorbitante nivel de vida de sus privilegiados
vástagos; la evocación de una mucama o un custodio;
los silencios y gritos de una pelea familiar, las extrañas
muertes que rodean al poder foxista y la adicción irracional
al esoterismo; los desopilantes expedientes de la anulación
matrimonial del presidente y de Marta Sahagún. Es decir,
los detalles a veces insignificantes pero que descubren el perfil
de la sociedad. Un estilo periodístico que se subestima
y desprecia, pero que muchas veces, revela más que un
análisis político distante y sofisticado.
Testigos
directos me relataron entonces que el ambiente de la cabaña
presidencial (es decir, "nuestra casa", según
Marta) se cortaba con una navaja. Con una velocidad mental inusitada
para estos menesteres, la prima donna mexicana se devoró
el libro y subrayó obsesivamente frases o palabras. Su
cónyuge, perdón, el presidente Fox, miraba la
escena pasmado, sin dar con la palabra justa que aplacara la
furia incontrolable de la "Señora Marta". Entre
llantos y furibundas promesas de venganza, ella no cesaba de
lanzar acusaciones descabelladas, buscando entre líneas
la identidad de las gargantas profundas que me revelaron secretos
y me entregaron la valiosa información que me permitió
construir el retrato de la mujer que entrevisté, investigué
y percibí.
Con
objetividad y con honestidad profesional.
En
aquel alucinante mayo de 2003 que hoy, a finales del sexenio,
parece tan lejano, Marta era "el verdadero poder"
en Los Pinos; la que mandaba detrás del trono; la fémina
más temida; era "La Jefa". y yo, la traidora,
la villana maldita, la extranjera infame a la que una mañana
le abrió las puertas de "su casa", el objetivo
de sus peores venganzas.
Lo
de villana o maldita no me desagrada. Menos aun si la definición
proviene de arribistas sin vuelo intelectual, insolidarios y
despilfarradores del dinero público, que confunden una
entrevista periodística con la complicidad de una plática
entre amigas.
Aferrada
a un poder ajeno al que no accedió por decisión
popular, en aquel tiempo Marta Sahagún estaba convencida
de que a Los Pinos llegó para quedarse. Ambicionaba ser
presidenta de México, heredar a su marido quebrantando
leyes y reglas elementales de la ética y la moral. Vicente
Fox la alentaba, los adulones del reino le rendían pleitesía,
la poderosa élite económica atendía sus
reclamos y caprichos, los brujos le daban buena vibra con extraños
rituales, las encuestas le sonreían, sus vástagos
hacían negocios millonarios y México le pertenecía.
¿Qué
más podía pedir a la vida sino la perpetuidad
en el poder? Lejos, en mi casa de Buenos Aires y en medio de
la conmoción, el teléfono sonaba sin parar. Intrigas,
rumores, acusaciones y conspiraciones de todo tipo me tenían
como protagonista. Los infelices disparadores de los dislates
-ni por ética profesional- jamás se comunicaron
conmigo para confirmar la veracidad o no de las estupideces
que escribían o decían.
"OK,
son las reglas de juego", dije. Me hizo gracia y me dio
pena por ellos. y agradecimiento por los muchos colegas que
debatieron, acompañaron o discreparon con honestidad.
No
era ésta la primera vez que me enfrentaba a una controversia
con el poder. Los periodistas que metemos nuestra nariz más
allá de las fronteras permitidas estamos expuestos a
que la basura ajena nos caiga encima y traten de contaminamos
o eliminamos.
Me
pasó tantas veces y salí indemne.
Mis
historias, como leerán aquí, no son tibias, políticamente
correctas y, menos aún, complacientes. Ésta no
es mi concepción de un oficio que abracé con pasión
hace muchos años y al que nunca más solté.
A veces digo en broma que el periodismo es mi amante más
fiel e incondicional. Nos amamos y odiamos intensamente, pero
continuamos juntos. Y no soy sencillita y menos aún sumisa.
Soy
inconformista, librepensadora y polémica. y en sociedades
como las nuestras, con democracias frágiles, resabios
autoritarios, populismos, corrupción y enormes injusticias
sociales, escribir y hablar sin mordaza irrita.
Pienso
que los periodistas debemos generar discusión, agitar
las aguas, romper fronteras, explorar y observar cada detalle
de la realidad que nos rodea, con ojo crítico y espíritu
libertario. Salir a la calle, investigar, inquietar y mostrar
las luces y sombras de los hombres y mujeres que nos gobiernan.
Sus vidas privadas son casi públicas, no son entes extraños.
No son sagrados, intocables, o impolutos. Son servidores públicos
con el triple de obligaciones que un ciudadano común.
La
prensa francesa, sometida a una implacable legislación
que protege la intimidad, todavía se autocritica por
su complicidad en el silencio que rodeó la movilización
de una parte del aparato del Estado alrededor de Mazarine Pingeot,
la hija extramatrimonial del presidente Francois Mitterand,
que este ocultó largos años.
Lamentablemente,
los prejuicios -a veces fundados- respecto de las intromisiones
en la intimidad han dejado en manos de una prensa de corte sensacionalista
la función de recordar que la vida privada de los políticos
tiene relación con su actuación pública.
En
Estados Unidos correspondió a una revista de chismes,
The National Enquirer, revelar al mundo que Dick Morris, consejero
de Bill Clinton en su campaña para reelegirse en 1996
-y famoso en México y Argentina por sus asesorías
presidenciales-, llevaba una doble vida. El todopoderoso estratega
de la comunicación del presidente fue descubierto con
una prostituta de doscientos dólares a la que le reveló
cuestiones de Estado y sus fotografías pusieron al descubierto
que su concepción de los valores familiares y de su responsabilidad
pública nada tenía que ver con aquellos que proclamaba
el gobierno al que pertenecía.
Valgan
estas líneas para comprender la validez que los sórdidos
entretelones del poder tienen para un periodista y los argumentos
que lo impulsan a revelarlos. y cómo y de qué
forma, por hipocresía o complicidad, muchas veces se--
confunden los términos, de un lado o del otro. En este
terreno mis convicciones son estrictas.
Mi
relación con el poder es directa, respetuosa y sin máscaras.
No busco hacer amigos, no me atraen los boatos palaciegos, ni
aspiro a que allí me quieran. Para el amor y la amistad,
tengo a mi familia y a mis poquísimos amigos.
Nunca
pude traicionar a Marta Sahagún porque no era su amiga,
ni quise serlo, no hicimos un pacto, ni establecimos reglas
previas a la entrevista. La contacté para informarle
-principio elemental del periodismo- que estaba trabajando en
un libro sobre su vida y que quería entrevistarla; Si
ella aceptaba, bien, y si no aceptaba, lo hubiera realizado
igual, ejerciendo el derecho que da la libertad y la democracia.
Pero ella aceptó sin condiciones, ni trabas. Así
de sencillo.
Nunca
escribí un libro por mandato. Escribo para la gente y
para mí, porque me apasiona, no para alimentar las ridículas
veleidades de grandeza de nadie.
Entonces,
¿de qué traición habló "Señora
Marta"?
El
tiempo transcurrió y la realidad en México cambió
desde aquella inolvidable y absurda primavera de 2003. El sexenio
está acabado y perdido. Se vive un ambiente enrarecido
y violento en el que bulle peligrosamente el descreimiento social
respecto a la dirigencia política, los mesianismos tienen
caldo de cultivo, las hipocresías y simulaciones reinan
y en el que nadie puede predecir el futuro inmediato. Somos
testigos de cómo el poder de algunos, que se creían
eternos, se les escurre como agua entre los dedos. Al final,
no aprenden del pasado, repiten la triste y patética
historia de otros y tropiezan con la mismísima piedra.
Y lo que es peor: defraudan imperdonablemente a millones que
creyeron en ellos y merecen vivir en un país mejor.
No
puedo dejar de agradecer con el corazón a Joseph Contreras,
por acompañarme siempre; a Faustino Linares y Ariel Rosales,
por su infinita paciencia y solidaridad; a Willie Schavelzon,
por estar siempre; a Daniel González Marín, por
su amistad incondicional; a Jorge Ramos, periodista inteligente
y apasionado, al que admiro, por la increíble generosidad
de sus palabras (Jorge, me diste pudor. . .); a Armando Guzmán,
valiente y humilde subdirector de La verdad del sureste, de
Tabasco, por su ayuda desinteresada; al maestro Julio Scherer
y a Rafael Rodríguez Castañeda, de Proceso, por
la nobleza de sus estímulos y consejos; a John Lee Anderson,
por el apoyo y la lectura paciente desde una trinchera de Afganistán;
a mis colegas en Venezuela, Chile, Argentina, Italia, Líbano
y Paquistán; a mis estimados editores Isaac Lee y José
"Mono" López, de la revista Poder, por soportarme
y comprender; a mis hijos adorados y a mis padres; a Olga Contreras,
por sus amorosas enseñanzas; a mis muchos amigos de aquí
y de allá; los que me ayudaron y confiaron, los que me
revelaron asqueados lo que veían y sabían; a los
jóvenes periodistas mexicanos que me brindaron valiosísima
información que no pueden publicar y que, sin embargo,
no perdieron la mística, ni los sueños; a los
mexicanos de a pie, que se animaron a hablar, hastiados de las
reiteradas mentiras y el insultante impudor de la clase gobernante
y de sus familias y que, por razones obvias, no voy a mencionar.
Ellos
saben de mi gratitud, de la indignación y de cierto cansancio
moral, sentimientos que motorizaron la escritura cruda, insolente
y por momentos desbocada de algunos capítulos. Historias
de individuos que creí sepultar cuando terminé
de escribir el último párrafo de "La Jefa"
y que, por destino o azar, se cruzaron -de nuevo en mi camino.
Entonces, conmocionada por los datos y las revelaciones, decidí
descorrer el cortinado. Dejarlo por escrito. Para que se sepa
y para que ningún viento borre sus huellas. Aquí
están y aquí estoy.
Tomado
de inep.org