Wornat Olga. Prefacio. Crónicas Malditas desde un México desolado

   

25 de junio de 2006 

El argumento era verídico y todos los personajes eran reales. No era difícil recordado todo, pues no había inventado nada . Truman Capote

La vida es muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa. Albert Einstein


"¡Me traicionó, Vicente, me traicionó! Me voy a vengar, juro que me voy a vengar de esa maldita" -gritaba Marta Sahagún de Fox, inflamada en llamas mientras sacudía un ejemplar de "La Jefa", que había llegado a Los Pinos en la víspera de su aparición. "¡Vicente, mira cómo nos pagó la maldita y nosotros que le abrimos las puertas de nuestra casa!"

Vuelo atrás en el tiempo, me detengo en esta frase -recurrente entre ciertos personajes del dorado firmamento del poder- y en el instante exacto en que ustedes me conocieron, cuando mi libro, es decir, la controvertida, polémica, debatida, cuestionada, impugnada, irritante, atrevida, alabada, escandalosa, chismosa, agresiva, audaz -y ya ni recuerdo cuántos adjetivos más le endosaron- biografía de Marta Sahagún de Fox, vio la luz bajo el cielo inquietante de México, mi otra patria.

Aquí estoy con un nuevo libro que hace tiempo recorre mis entrañas. Son crónicas de hombres y mujeres frente al poder y la fama. En la cima de sus impudicias o en el zócalo de sus miserias; en sus crueles guerras privadas o colectivas; en los desatinos o en la sabiduría; en el amor y en el olvido; en la estupidez y en la maldad. Impredecibles, voraces, impiadosos, generosos, perversos, valien¬tes, cobardes, hipócritas y humanos. Profundamente humanos.

Y mi voz entrecruzada en los textos; sobresaltada a veces, apagada por la pena, el dolor o la impotencia; otras, cerquita o lejos, oyendo y observando todo, involucrada de los pies a la cabeza, mostrando y mostrándome.

Pero antes de ingresar a ese territorio, se me hace imprescindible volver atrás. Para decir modestamente lo que pienso y creo, reafirmar mis banderas y ayudar a la memoria a recordar una historia, que también se construye con la crónica de todos los días: la intimidad brutal de la guerra cotidiana por el sexenio que viene; la historia pública y privada de los candidatos presidenciales, Andrés Manuel y Roberto Madrazo; las sórdidas batallas de las tribus perredistas que pugnan por reinar en Los Pinos y no se diferencian en nada de sus padres priístas y sus cuates panistas; el contraste entre la cima fiestera y la vastísima cloaca social que malvive en la desesperación de la miseria; las anécdotas absurdas del Palacio; los tejes y manejes políticos de la primera dama y el exorbitante nivel de vida de sus privilegiados vástagos; la evocación de una mucama o un custodio; los silencios y gritos de una pelea familiar, las extrañas muertes que rodean al poder foxista y la adicción irracional al esoterismo; los desopilantes expedientes de la anulación matrimonial del presidente y de Marta Sahagún. Es decir, los detalles a veces insignificantes pero que descubren el perfil de la sociedad. Un estilo periodístico que se subestima y desprecia, pero que muchas veces, revela más que un análisis político distante y sofisticado.

Testigos directos me relataron entonces que el ambiente de la cabaña presidencial (es decir, "nuestra casa", según Marta) se cortaba con una navaja. Con una velocidad mental inusitada para estos menesteres, la prima donna mexicana se devoró el libro y subrayó obsesivamente frases o palabras. Su cónyuge, perdón, el presidente Fox, miraba la escena pasmado, sin dar con la palabra justa que aplacara la furia incontrolable de la "Señora Marta". Entre llantos y furibundas promesas de venganza, ella no cesaba de lanzar acusaciones descabelladas, buscando entre líneas la identidad de las gargantas profundas que me revelaron secretos y me entregaron la valiosa información que me permitió construir el retrato de la mujer que entrevisté, investigué y percibí.

Con objetividad y con honestidad profesional.

En aquel alucinante mayo de 2003 que hoy, a finales del sexenio, parece tan lejano, Marta era "el verdadero poder" en Los Pinos; la que mandaba detrás del trono; la fémina más temida; era "La Jefa". y yo, la traidora, la villana maldita, la extranjera infame a la que una mañana le abrió las puertas de "su casa", el objetivo de sus peores venganzas.

Lo de villana o maldita no me desagrada. Menos aun si la definición proviene de arribistas sin vuelo intelectual, insolidarios y despilfarradores del dinero público, que confunden una entrevista periodística con la complicidad de una plática entre amigas.

Aferrada a un poder ajeno al que no accedió por decisión popular, en aquel tiempo Marta Sahagún estaba convencida de que a Los Pinos llegó para quedarse. Ambicionaba ser presidenta de México, heredar a su marido quebrantando leyes y reglas elementales de la ética y la moral. Vicente Fox la alentaba, los adulones del reino le rendían pleitesía, la poderosa élite económica atendía sus reclamos y caprichos, los brujos le daban buena vibra con extraños rituales, las encuestas le sonreían, sus vástagos hacían negocios millonarios y México le pertenecía.

¿Qué más podía pedir a la vida sino la perpetuidad en el poder? Lejos, en mi casa de Buenos Aires y en medio de la conmoción, el teléfono sonaba sin parar. Intrigas, rumores, acusaciones y conspiraciones de todo tipo me tenían como protagonista. Los infelices disparadores de los dislates -ni por ética profesional- jamás se comunicaron conmigo para confirmar la veracidad o no de las estupideces que escribían o decían.

"OK, son las reglas de juego", dije. Me hizo gracia y me dio pena por ellos. y agradecimiento por los muchos colegas que debatieron, acompañaron o discreparon con honestidad.

No era ésta la primera vez que me enfrentaba a una controversia con el poder. Los periodistas que metemos nuestra nariz más allá de las fronteras permitidas estamos expuestos a que la basura ajena nos caiga encima y traten de contaminamos o eliminamos.

Me pasó tantas veces y salí indemne.

Mis historias, como leerán aquí, no son tibias, políticamente correctas y, menos aún, complacientes. Ésta no es mi concepción de un oficio que abracé con pasión hace muchos años y al que nunca más solté. A veces digo en broma que el periodismo es mi amante más fiel e incondicional. Nos amamos y odiamos intensamente, pero continuamos juntos. Y no soy sencillita y menos aún sumisa.

Soy inconformista, librepensadora y polémica. y en sociedades como las nuestras, con democracias frágiles, resabios autoritarios, populismos, corrupción y enormes injusticias sociales, escribir y hablar sin mordaza irrita.

Pienso que los periodistas debemos generar discusión, agitar las aguas, romper fronteras, explorar y observar cada detalle de la realidad que nos rodea, con ojo crítico y espíritu libertario. Salir a la calle, investigar, inquietar y mostrar las luces y sombras de los hombres y mujeres que nos gobiernan. Sus vidas privadas son casi públicas, no son entes extraños. No son sagrados, intocables, o impolutos. Son servidores públicos con el triple de obligaciones que un ciudadano común.

La prensa francesa, sometida a una implacable legislación que protege la intimidad, todavía se autocritica por su complicidad en el silencio que rodeó la movilización de una parte del aparato del Estado alrededor de Mazarine Pingeot, la hija extramatrimonial del presidente Francois Mitterand, que este ocultó largos años.

Lamentablemente, los prejuicios -a veces fundados- respecto de las intromisiones en la intimidad han dejado en manos de una prensa de corte sensacionalista la función de recordar que la vida privada de los políticos tiene relación con su actuación pública.

En Estados Unidos correspondió a una revista de chismes, The National Enquirer, revelar al mundo que Dick Morris, consejero de Bill Clinton en su campaña para reelegirse en 1996 -y famoso en México y Argentina por sus asesorías presidenciales-, llevaba una doble vida. El todopoderoso estratega de la comunicación del presidente fue descubierto con una prostituta de doscientos dólares a la que le reveló cuestiones de Estado y sus fotografías pusieron al descubierto que su concepción de los valores familiares y de su responsabilidad pública nada tenía que ver con aquellos que proclamaba el gobierno al que pertenecía.

Valgan estas líneas para comprender la validez que los sórdidos entretelones del poder tienen para un periodista y los argumentos que lo impulsan a revelarlos. y cómo y de qué forma, por hipocresía o complicidad, muchas veces se-- confunden los términos, de un lado o del otro. En este terreno mis convicciones son estrictas.

Mi relación con el poder es directa, respetuosa y sin máscaras. No busco hacer amigos, no me atraen los boatos palaciegos, ni aspiro a que allí me quieran. Para el amor y la amistad, tengo a mi familia y a mis poquísimos amigos.

Nunca pude traicionar a Marta Sahagún porque no era su amiga, ni quise serlo, no hicimos un pacto, ni establecimos reglas previas a la entrevista. La contacté para informarle -principio elemental del periodismo- que estaba trabajando en un libro sobre su vida y que quería entrevistarla; Si ella aceptaba, bien, y si no aceptaba, lo hubiera realizado igual, ejerciendo el derecho que da la libertad y la democracia. Pero ella aceptó sin condiciones, ni trabas. Así de sencillo.

Nunca escribí un libro por mandato. Escribo para la gente y para mí, porque me apasiona, no para alimentar las ridículas veleidades de grandeza de nadie.

Entonces, ¿de qué traición habló "Señora Marta"?

El tiempo transcurrió y la realidad en México cambió desde aquella inolvidable y absurda primavera de 2003. El sexenio está acabado y perdido. Se vive un ambiente enrarecido y violento en el que bulle peligrosamente el descreimiento social respecto a la dirigencia política, los mesianismos tienen caldo de cultivo, las hipocresías y simulaciones reinan y en el que nadie puede predecir el futuro inmediato. Somos testigos de cómo el poder de algunos, que se creían eternos, se les escurre como agua entre los dedos. Al final, no aprenden del pasado, repiten la triste y patética historia de otros y tropiezan con la mismísima piedra. Y lo que es peor: defraudan imperdonablemente a millones que creyeron en ellos y merecen vivir en un país mejor.

No puedo dejar de agradecer con el corazón a Joseph Contreras, por acompañarme siempre; a Faustino Linares y Ariel Rosales, por su infinita paciencia y solidaridad; a Willie Schavelzon, por estar siempre; a Daniel González Marín, por su amistad incondicional; a Jorge Ramos, periodista inteligente y apasionado, al que admiro, por la increíble generosidad de sus palabras (Jorge, me diste pudor. . .); a Armando Guzmán, valiente y humilde subdirector de La verdad del sureste, de Tabasco, por su ayuda desinteresada; al maestro Julio Scherer y a Rafael Rodríguez Castañeda, de Proceso, por la nobleza de sus estímulos y consejos; a John Lee Anderson, por el apoyo y la lectura paciente desde una trinchera de Afganistán; a mis colegas en Venezuela, Chile, Argentina, Italia, Líbano y Paquistán; a mis estimados editores Isaac Lee y José "Mono" López, de la revista Poder, por soportarme y comprender; a mis hijos adorados y a mis padres; a Olga Contreras, por sus amorosas enseñanzas; a mis muchos amigos de aquí y de allá; los que me ayudaron y confiaron, los que me revelaron asqueados lo que veían y sabían; a los jóvenes periodistas mexicanos que me brindaron valiosísima información que no pueden publicar y que, sin embargo, no perdieron la mística, ni los sueños; a los mexicanos de a pie, que se animaron a hablar, hastiados de las reiteradas mentiras y el insultante impudor de la clase gobernante y de sus familias y que, por razones obvias, no voy a mencionar.

Ellos saben de mi gratitud, de la indignación y de cierto cansancio moral, sentimientos que motorizaron la escritura cruda, insolente y por momentos desbocada de algunos capítulos. Historias de individuos que creí sepultar cuando terminé de escribir el último párrafo de "La Jefa" y que, por destino o azar, se cruzaron -de nuevo en mi camino. Entonces, conmocionada por los datos y las revelaciones, decidí descorrer el cortinado. Dejarlo por escrito. Para que se sepa y para que ningún viento borre sus huellas. Aquí están y aquí estoy.

 

Tomado de inep.org

 

 
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