Un
ghanés de modales pausados y cierto aire aristocrático,
Annan asumió el poder en 1997 como una opción circunstancial
ante el veto de la Administración de Bill Clinton a su
predecesor, el egipcio Butros-Butros Gali, el único a quien
se le negó una prorroga de su mandato.
Considerado un reformista convencido, Annan llegó a su
despacho en el piso 38 del "Palacio de Cristal" -como
así se conoce la sede de la ONU en Nueva York- tras escalar
los peldaños jerárquicos de la propia organización
mundial.
Ocupó su sillón en un momento en que Washington
veía con recelo la organización internacional, por
lo que heredó una organización al borde de la bancarrota
por el impago de EEUU a sus cuotas.
Sin embargo, Annan no se amilanó ante las adversidades
y logró uno de sus mayores éxitos en su primer mandato,
recuperar la dañada imagen de la ONU, algo que parecía
casi imposible, y darle el papel que se merece como organismo
indispensable para la paz y seguridad.
Su profunda visión humana de la vida, unida a la constante
reivindicación de las necesidades de los más pobres
le han hecho muy popular en el mundo en desarrollo, sin contar
con que es el primer secretario general de la Africa negra, una
parte del continente
ignorada por décadas.
También ha sabido navegar en medio de los juegos diplomáticos
de los más poderosos -los cinco permanentes del Consejo
de Seguridad (EEUU, Reino Unido, Francia, China y Rusia)-, por
lo no estuvo exento de críticas en momentos delicados.
El cambio de estilo en la manera de dirigir la organización
ha sido palpable en muchas esferas, pero quizás lo más
significativo es su capacidad de autocrítica.
Ello se evidenció cuando puso de manifiesto públicamente
el fracaso de las misiones de paz en Bosnia y Ruanda, pese a que
en aquellos años Annan era el responsable de las operaciones
de mantenimiento de la paz de la ONU.
Tampoco han pasado por alto sus enormes esfuerzos para convencer
a los jefes de Estados y de Gobierno que fijaran los Objetivos
de Desarrollo del Milenio, entre ellos la erradicación
de la pobreza.
Apodado el "papa secular", Annan logró el Premio
Nobel de la Paz en el 2001, algo que sólo había
conseguido un anterior secretario general, el sueco Dag Hammarskjold,
y el galardón lo recogió poco después que
hubiera aceptado dirigir la ONU por un mandato de cinco años
más.
Pero su acercamiento a Washington, que tanto le ayudó en
su primer mandato, se truncó con el gobierno de George
W. Bush, pero el punto de inflexión se produjo tras la
decisión de EEUU de invadir a Irak, en marzo del 2003.
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Annan
calificó la invasión de "ilegal"
y cayó en desgracia ante los ojos de Washington,
que no dudó en destapar un escándalo de corrupción
detrás de otro en la ONU, el más notorio relacionado
con el programa humanitario iraquí "Petróleo
por alimentos".
Otras pesadillas con las que tuvo que lidiar fue el ataque
suicida de la sede de la ONU en Bagdad en el 2003 y la explotación
sexual de los cascos azules en misiones de paz.
Una
vez más, la ONU quedaba desprestigiada y los esfuerzos
para recuperar su credibilidad se esfumaron, pero aún
así Annan logró emerger como un diplomático
de talla internacional y apuntalar la institución
mundial.
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Mediante
sus reformas, las más ambiciosas en la historia del organismo,
ha logrado que órganos como la Asamblea General hayan recuperado
parte de su autoridad, pero aún así se ha quedado
a medias, especialmente en un asunto tan importante como la ampliación
del Consejo de Seguridad, el máximo órgano de decisión.
Annan, que abandonará su cargo a fines de diciembre, también
ha desempeñado un papel importante, aunque sin éxito,
en conflictos enquistados como el del Sahara, Chipre, Sudán
y Oriente Medio, aunque, pese a ello, sus esfuerzos han sido alabados.
Hay quienes desconfían que Ban, de hablar suave y escurridizo,
pueda superar la impronta moral de Annan, con lo que nadie duda
que dejará una profunda huella en la organización,
cada vez más dividida entre los países ricos y pobres.
EFE