Pero, fue durante esa niñez cuando se forjó su odio
a la mentira. Esos cuchicheos en casa, ese miedo disfrazado de
diplomacia, hizo que se templara en ella un amor desmedido por
la verdad, más fuerte que su mítico valor, más
allá de sus ganas de vivir. La búsqueda de la verdad,
el deseo de contar sólo lo que pasa, es la razón
de ser del periodismo, tal y como siempre defendieron gente grande
como Indro Montanelli o Luka Brajnovic. Sus asesinos la mataron
de una manera zafia, el día del cumpleaños de Putin
y dos días después del cumpleaños del nuevo
matarife-gobernador de Chechenia, un tal Kadyrov, hijo del anterior
carnicero-presidente, que tiene incluso un ejército privado
denominado Kadyrovtsy. Está claro quien dio la orden. El
último trabajo que estaba preparando Anna, hablaba precisamente
sobre casos bien documentados de torturas. El expediente estaba
en su ordenador, y se llamaba exactamente así: “Kadyrovtsy”.
Cuando la asesinaron, lo primero que hizo la policía fue
llevarse su ordenador. Ese artículo no saldrá nunca
a la luz, pero ella ya estaba acostumbrada. Su libro, la Rusia
de Putin, un bestseller traducido a numerosos idiomas, no ha sido
nunca publicado al ruso.
Era una mujer guapa y tímida, siempre seria,
con unos ojos miopes que te miraban fijamente, que emitían
un hilo de brillo sutil que llegaba desde lo más hondo
y te acababa por conquistar. Su determinación me conmovía
siempre, recordándome las palabras de Teresa de Avila,
una determinada determinación de no parar hasta llegar,
venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, siquiera se hunda
el mundo, siquiera se muera en el empeño. Por eso era tan
enormemente popular y tan querida en Rusia. Por eso estaba tan
sola. A ella sólo se acercaban dos tipos de personas: los
que querían matarla, y los que sabían que iban a
morir al darle una determinada información. Los demás
la abandonaban, como su marido, ese cobarde, que la dejó
en 1999. A los hombres-niño, siempre nos han enseñado
las mujeres-madre como ella, de qué hebras humanas está
hecha la valentía. Que se lo cuenten a las madres de la
Plaza de Mayo. Porque su pasión por la verdad, hacía
que diera miedo.
El principio de su fin comenzó en 1998,
cuando fue a Chechenia a entrevistar al presidente Maskhadov.
En 1999 estalló la segunda guerra de Chechenia, y ella
intuyó que esa guerra era el principio del fin de la libertad
en Rusia, porque Putin la utilizó para hacer subir su popularidad
y asegurarse la elección en Marzo del 2000. La guerra fue
absolutamente brutal, y prueba de ello son las terribles imágenes
que se pueden encontrar en Internet de la ciudad de Grozny antes
y después de la guerra (ver aquí). Parece un queso
gruyere, y eso que la imagen está tomada a cientos de kilómetros
desde el espacio. Anna fue decidiéndose cada vez más
a contar lo que pasaba allí, y su táctica fue muy
simple. Contaba lo que veía, doliera a quien doliera, y
que mejor sitio para analizar lo que pasaba que ir de visita a
los hospitales de campaña y los hospitales civiles. Sus
artículos estaban bien documentados, y criticaban también
ferozmente a la guerrilla. Pero los chechenos, a pesar de haberla
querido matar en numerosas ocasiones al principio, la respetaban.
Por eso le pidieron que hiciera de mediadora en la crisis del
teatro de Moscú. Por eso trataron de envenenarla cuando
se dirigía a Beslán para mediar en el secuestro
de la escuela.
Conocía bien a su pueblo. Una vez comentó
que la mayor tragedia del pueblo ruso era su status de esclavos
y su fascinación por la esclavitud. Si como dijo Chesterton,
la tradición es la democracia de los muertos, en Rusia
ha habido muchos esclavos, y por eso los rusos no saben vivir
en libertad. Pero Putin debería tener cuidado. Pascal comentó
una vez que si la curvatura de la nariz de Cleopatra hubiera sido
distinta, la faz de la tierra habría cambiado para siempre.
La Historia tiene esos caprichos, señor Putin. Los pueblos
respiran con los dos pulmones de la memoria y la esperanza por
la boca de la verdad. Puede que a veces cometan el error de respirar
más con la memoria y olvidarse de la esperanza, como ocurre
con los nacionalismos. O puede que sea al contrario, y se obsesionen
con el futuro de la utopía, de la que se espera casi todo,
como ocurrió con los revolucionarios del XIX. Pero a un
pueblo no se le puede tapar la boca de la verdad siempre. Su régimen
señor Putin, es una dictadura moderna, basada en monopolios
del gas y el petróleo, y en el control del arsenal atómico.
Con el dinero de ese monopolio, una banda de delincuentes gobiernan
Rusia, con la UE mirando para otro lado. Eso no es un estado,
sino una banda de ladrones, porque falta la justicia. Ya lo advirtió
Agustín de Hipona hace 1600 años señor Putin.
El miedo ha movido a los asesinos de Anna, pero
con miedo no se puede vivir eternamente. Anna sabía como
Sócrates, una de las columnas de la civilización
europea, ya advirtió a los atenienses que la podredumbre
moral es ignorancia, y que más vale sufrir la injusticia
que realizarla, porque realizarla supone ignorar que el mal daña
más radicalmente a quien lo realiza que a quien lo padece.
Por eso Sócrates prefirió morir a dejarse corromper.
Por eso Anna es y será grande, y su memoria arde como una
zarza encendida e incombustible. Por eso, ella es la punta de
un iceberg que brilla como un diamante en el océano de
la mentira, esa testosterona con la que dopa Putin su imperio
con pies de barro mediático-estatales. Descansa ya en paz,
Anna. Si tú no existes aquí y ahora, es que no exististe
jamás, y eso es simplemente mentira. Tú lo sabías,
y por eso no te detuviste jamás.