Los Goldstein aprenden a vivir con el Alzheimer

   

02 de Noviembre de 2006


Washington
- La historia de la familia Goldstein es la de tantos y tantos hogares en todo el mundo que se enfrentan diariamente a la enfermedad del Alzheimer, de la que, cien años después de su descubrimiento, aún se conoce muy poco.


La familia de Frances Goldstein comenzó a sospechar que algo iba
mal cuando, en 1998, ella empezó a olvidar las llaves sistemáticamente y a repetir siempre lo mismo cuando sus hijos la llamaban para interesarse por un tobillo que se había fracturado.

Estaban entrando en contacto con los primeros síntomas de una enfermedad, el Alzheimer, que afecta a casi 30 millones de personas en todo el mundo y que se caracteriza por la pérdida progresiva de la memoria y otras capacidades mentales.

Frances, que tenía 57 años cuando comenzó a padecer el trastorno, sufrió el mismo proceso de diagnóstico que atraviesan los enfermos en su fase incipiente: análisis de sangre, escáneres y un goteo continuado de visitas a especialistas.

Todo un catálogo de pruebas para confirmar que el mal no obedecía a motivos físicos sino mentales.

El diagnóstico de los expertos, y más concretamente del doctor Paul Aisen, jefe del programa de Trastornos Mentales de la universidad de Georgetown, fue claro: Alzheimer, una enfermedad todavía brumosa y de la que hace ocho años se conocían aún menos cosas que ahora.

Tras el duro trago inicial, los Goldstein empezaron a aprender a vivir con la nueva situación. Jacobo, exitoso corresponsal de CNN-Radio en la Casa Blanca, fue paulatinamente dejando su trabajo para dedicarse a su esposa.

Necesitaban familia, y al cabo de siete años, trasladaron su residencia de Washington a Boca Raton (Florida), donde vive la hija del matrimonio, Victoria Patricia, con su marido y sus hijas.

Allí tuvieron la suerte de encontrar un centro de cuidado de día, el Louis & Anne Green Memory Wellness Center, de la Universidad Florida Atlantic, que atiende a este tipo de enfermos.

En él, bajo la mirada de su profesora de pintura, Patricia Saidon, Frances ha descubierto habilidades latentes en ella, sobre todo una, la del arte. Los cuadros se han convertido en una gran forma de expresión.

Hasta aquí, su vida guarda un sinfín de similitudes con las experiencias de millones de enfermos de Alzheimer, pero existe algo que la distingue y la convierte en especial.

Desde el principio de su enfermedad, y apoyada por su marido Jacobo, Frances quiso romper el tabú que rodea al Alzheimer para aparecer ante los medios de comunicación y mostrar al mundo cómo vive, piensa y siente una enferma.

De esta forma, ha puesto rostro a la enfermedad en multitud de reportajes en medios estadounidenses como el diario "The Washington Post", la televisión CBS, ABC, NBC o el periódico argentino "La Nación".

Pese a que la enfermedad continúa su implacable progresión, Frances todavía tiene arrestos para atender a quien lo requiere y para prestarse a todo tipo de terapias experimentales que puedan arrojar algo de luz sobre este mal.

Desde 1999, ella ha participado en cinco pruebas distintas, la última de ellas en la actualidad con el medicamento Alzhemed.

En tres años bajo el tratamiento con Alzhemed, explica Jacobo, Frances todavía es capaz de bañarse, lavarse los dientes o vestirse sola, aunque ha perdido la capacidad de realizar muchas tareas cotidianas como conducir o leer.

En su mente están sus tres nietos, y un cuarto en espera, que tienen un mayor riesgo de padecer Alzheimer por razones genéticas.

No en vano, se espera que en treinta años el número de enfermos de Alzheimer se haya duplicado.

"Es una paradoja. Cuando peor y más necesitada está Frances, es cuando más puede hacer por el resto del mundo", asegura a Efe Jacobo.

Mientras tanto, ella le agarra la mano con fuerza y asiente suavemente. EFE

 
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