EEUU
mantiene cerca de 150.000 soldados desplegados en el país
árabe y ha sufrido la muerte de más de 2.900 militares
allí desde el comienzo de la guerra, en marzo de 2003.
Precisamente,
el descontento popular por la guerra fue el principal factor en
el mayor revés que sufrió el presidente este año:
las elecciones legislativas del 7 de noviembre.
Esas
elecciones dejaron a los demócratas al mando de las dos
Cámaras del Congreso, por primera vez desde 1994, en unos
resultados que los analistas consideraron unánimemente
un voto de castigo por la marcha de la guerra en Irak.
Tras
esos comicios, en una rueda de prensa, Bush admitió que
había recibido "una paliza". "Estaba convencido
de que íbamos a ganar. Eso demuestra lo enterado que estoy",
ironizó.
Desde
entonces, el presidente, que asegura que aún tiene mucho
por hacer en los dos años que le restan de mandato -pese
a que ya no contará con el apoyo casi automático
del Congreso-, se ha esforzado en demostrar que ha escuchado la
llamada de atención y quiere revisar la estrategia en Irak.
La
primera iniciativa no tardó mucho en llegar: al día
siguiente de los comicios, Bush anunció la dimisión
de su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, considerado uno
de los arquitectos de la guerra y al que el presidente había
defendido hasta entonces a capa y espada de los llamamientos demócratas
para su cese.
En
su lugar ha propuesto a un hombre de la "vieja guardia"
de la presidencia de su padre George Bush, el ex director de la
CIA Robert Gates, que ha reconocido que EEUU no está ganando
en Irak.
Y
en las últimas semanas, distintos organismos del Gobierno,
coordinados por el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca,
llevan a cabo una reevaluación de esa estrategia, que presentarán
en un informe unificado.
De
modo paralelo, la comisión independiente encabezada por
el ex secretario de Estado James Baker presentó su esperado
informe el día 6, en el que aconseja comenzar un diálogo
con Siria e Irán y desplazar el énfasis de la misión
de las tropas de EEUU del combate a la formación de las
fuerzas iraquíes.
La
Casa Blanca ha asegurado que, una vez que Bush tenga ante sí
ambos informes, los estudiará y determinará en cuestión
de "semanas, no meses" el nuevo camino a seguir en el
país árabe.
Pero
aunque Irak es sin duda el principal quebradero de cabeza para
el presidente estadounidense, desde luego no es el único.
La
victoria demócrata en las elecciones se ha cobrado otro
cadáver político, el del embajador de EEUU ante
la ONU, John Bolton, otro notorio "halcón" del
Gobierno que presentó su dimisión el pasado día
4.
Bush
había nombrado de manera provisional a Bolton, que necesitaba
la confirmación del Senado antes del próximo enero
para seguir en el cargo. Tras los comicios, quedó claro
que no iba a obtenerla.
Después
de aceptar la dimisión, el presidente se declaró
"profundamente decepcionado" y arremetió contra
los senadores que, según él, "optaron por bloquear"
el nombramiento.
El
año para olvidar de Bush ya había comenzado antes
de las elecciones, en áreas como la reforma migratoria.
A
lo largo del primer semestre del año, el presidente había
intentado promover una reforma migratoria amplia, que incluyera
el establecimiento de un programa de trabajadores temporales para
regularizar a buena parte de los doce millones de inmigrantes
ilegales que se calcula que existen en el país.
Pero
la propia mayoría republicana en el Congreso le propinó
un revés, al pronunciarse sólo a favor de aumentar
las medidas de seguridad en la frontera.
Aunque,
quizá, al hacer balance, Bush considere que la peor noticia
recibida este año no ha sido ni la guerra en Irak, ni la
derrota electoral, ni el fracaso migratorio.
La
mala noticia le llegó este verano: cumplió sesenta
años y había engordado un par de kilos. Lo peor,
para un hombre obsesionado por mantenerse en forma. EFE