Este
no es, de todas formas, el tema que inquieta en la capital de
la moda, donde solo algunas grandes firmas como Christian Dior
o Jean Paul Gaultier suelen ofrecer fisonomías femeninas
alejadas del ideal habitual.
De
momento, la fiesta se prepara sin interferencias, concentrada
como está la Alta Costura nacional en su supervivencia,
que este mes de enero pasará por un creciente número
de desfiles respecto a la temporada pasada, lo que llevó
a aumentar en un día el calendario de colecciones, que
terminará el próximo jueves.
En
total habrá 28 desfiles oficiales, promesas de grandes
momentos como los de Chanel y Dior, firma que celebra en 2007
sus diez años con el modisto gibraltareño John Galliano
al frente.
Además,
un sinfín de marcas mostrarán sus diseños
en paralelo, entre ellas algunas de las más grandes, como
Louis Vuitton.
Todo
parece indicar, asimismo, que la presentación de la futura
temporada estival pasará de nuevo por hacer desfilar a
mujeres cada vez más jóvenes, sin formas, y, si
es posible, desconocidas.
Ya
no se estila hacer portar una colección de lujo por voluptuosas
y superconocidas modelos como Naomi Campbell o Linda Evangelista.
El
colectivo llegó a adquirir tal celebridad desde los podium
en la década de los 80 y 90 que, además de eclipsar
los modelos que lucían, su presencia en un desfile multiplicaba
de manera extraordinaria los costes de su organización.
En
estas condiciones, la homogeneidad física de las mujeres
convocadas sobre las pasarelas de los grandes y pequeños
modistos desde hace ya varios años no puede sorprender.
Cada
vestido, abrigo, chaqueta, bolso o camiseta destaca así
sin competencia alguna, fundido en la marea de maniquíes
de talla y peinado similar, maquilladas de manera parecida.
Esta
renovación continua de maniquíes, garantiza la imposibilidad
casi absoluta de que una belleza o un grupo de bellezas pueda
volver a acaparar la atención de temporada en temporada,
hasta hacerse exageradamente famosas y cotizadas.
No
es de extrañar, en estas condiciones, que los modistos
soliciten a agentes y modelos "la chica del momento",
es decir, ante todo, una cara nueva.
Sorprende,
en cambio, e inquieta, la evidencia de que las maniquíes
tienden a ser cada temporada muy delgadas, más jóvenes,
sin apenas formas.
Si
Barcelona, Milán, Nueva York y Londres han tomado en los
últimos meses diferentes medidas para proteger a las modelos
de las exigencias de una delgadez peligrosa para su salud, París,
de momento, no parece querer entrar en el juego.
El
circulo se cierra, pero el presidente de la Federación
Francesa de la Costura, Didier Grumbach, no ha cambiado de opinión
en los últimos meses, desde que Madrid impusiese por primera
vez en el mundo un índice de masa corporal mínimo
como condición indispensable para poder subir a una de
sus pasarelas.
Como
entonces, a pocos días vista de una semana de colecciones,
Grumbach mantiene ahora que "la moda no se reglamenta",
entre otras razones, porque es solo "un reflejo de los movimientos
de la sociedad, no la causa".
En
su opinión, sería "irracional", reglamentar
una profesión, entre muchas otras, para evitar que las
jóvenes no adelgacen, "cuando todo en nuestras sociedades
les impulsa a hacerlo".
Nathalie
Rykiel, hija de la creadora del grupo Sonia Rykiel, considera,
por su parte, evidente que "una mujer muy delgada porta mejor
un vestido".
Rykiel,
que en calidad de madre dice ser sensible al problema opina, por
su parte, que el problema reside "no en la imagen en sí",
sino en "saber guardar la debida distancia" con la imagen
propuesta desde una pasarela, "como cuando se lee un libro".
EFE