Los organizadores del llamado "Segundo gran boicot estadounidense"
esperan que la ausencia de los inmigrantes de los trabajos, escuelas
o centros comerciales el próximo 1 de mayo haga que el Congreso
apruebe una reforma que beneficie a los doce millones de inmigrantes
indocumentados que se calcula viven en EEUU.
Agrupaciones de 18 estados de costa
a costa, entre ellos California, Texas, Illinois y Nueva York, participarán
en el boicot, que, como parte de un "día sin inmigrantes",
evoca el radicalismo de la década de 1960 a favor de los
derechos civiles de las minorías o las movilizaciones de
César Chávez a favor de los trabajadores del campo.
En una rueda de prensa, los activistas
que conforman el movimiento describieron el drama humano detrás
de la política migratoria de EEUU que, aseguraron, ha servido
para separar a las familias y reprimir a la comunidad inmigrante.
"Queremos que cesen las redadas,
las deportaciones y la guerra contra los inmigrantes (...) ningún
ser humano es ilegal", dijo el obispo Filipe Teixeira, de Boston
(Massachusetts).
Teixeira denunció las redadas
del 6 de marzo pasado en una fábrica en New Bedford, que
obligó a muchos inmigrantes a saltar hacia las gélidas
aguas "para huir de hombres armados, helicópteros, perros,
escuadrones antibomba, la policía local y estatal",
así como agentes de inmigración.
El obispo recordó el caso,
también criticado por diarios nacionales, de una bebé
que fue separada de su madre indocumentada y hospitalizada por deshidratación,
al no poder digerir la leche enlatada que recibió.
Más de 300 inmigrantes fueron
detenidos en esa redada y algunos activistas quieren que el Congreso
investigue los pormenores de la operación policial.
La Oficina de Servicios de Inmigración
y Aduanas (ICE) ha dicho que esa y otras redadas en Estados Unidos
forman parte de su labor de hacer cumplir las leyes que prohíben
la contratación de indocumentados.
A falta de una reforma migratoria,
las localidades y gobiernos estatales elaboran sus propias leyes
para hacer frente a la presencia de los inmigrantes sin papeles.
Javier Rodríguez, de la Coalición
25 de marzo de Los Ángeles, explicó con este boicot
se busca repetir los logros del efectuado en 2006, que paralizó
"casi el 80 por ciento del comercio" en esa ciudad.
Las redadas, que comenzaron el año
pasado, tienen "un motivo político absoluto para neutralizar
a este movimiento", dijo Rodríguez.
En tanto, Emma Lozano, del grupo
"Pueblo sin Fronteras", de Chicago, destacó las
contribuciones económicas de los inmigrantes.
"Por
qué nadie nos pide papeles cuando compramos en tiendas como
Target (cadena de almacenes)", apuntó.
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Lozano
citó el caso de la mexicana Elvira Arellano que, junto
a su hijo estadounidense, permanece refugiada desde hace siete
meses en una iglesia de Chicago para evitar la deportación
y "es símbolo de la crisis en Estados Unidos,
donde los indocumentados han sido explotados por más
de un siglo". |
Durante
su gira por cinco países de América Latina, el presidente
de Estados Unidos, George W. Bush, reiteró su compromiso
con la reforma migratoria, aunque también dijo que EEUU es
un país de leyes.
La oposición demócrata
replica que el jefe de la Casa Blanca debe presionar a los republicanos
que aún se oponen a la reforma.
La convocatoria al boicot nacional
se produce en momentos en que el Congreso, ahora bajo control demócrata,
intenta retomar el debate migratorio, con la idea de votar la reforma
antes de agosto próximo.
Al igual que en 2006, esta táctica
de presión pone de manifiesto las divergencias de la comunidad
hispana sobre cómo lograr la regularización de los
inmigrantes clandestinos.
La rueda de prensa no contó
con la asistencia de las principales organizaciones hispanas, ni
con los que lideraron las protestas del año pasado.
Sin embargo, los activistas insistieron
en que tienen el respaldo del sector privado, la iglesia y grupos
sindicales.
"Somos gente trabajadora, no
delincuentes, y queremos respeto y dignidad. Somos gente de paz
y no vinimos a hacer problemas", resumió Mario Rodríguez,
un trabajador mexicano del área de Freehold (Nueva Jersey).
EFE
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