Bloomberg
señaló que hasta el momento no hay indicios de escapes
de gas en la zona o fallos en el suministro de electricidad, cuya
compañía encargada está haciendo pruebas
para verificar si hay amianto en el ambiente.
El siniestro se produjo frente al edificio Chanin,
en el número 122 de la calle 41, en el este de Manhattan,
a las 22.00 GMT (18.00 hora local), muy cerca de la estación
Grand Central de trenes y del emblemático edificio Chrysler.
Según las autoridades, la explosión
fue debida a una excesiva condensación de vapor en una
conducción subterránea de unos 50 centímetros
de diámetro, instalada en 1924, que provocó un gran
socavón.
Por el sistema de alcantarillado y otras conducciones
subterráneas salen a las calles de Nueva York millones
de litros de vapor procedentes de los sistemas de aire acondicionado
y de calefacción de los edificios de la ciudad, que cuenta
con algo más de 8 millones de habitantes.
El exceso de condensación en esas conducciones
de vapor ha ocasionado en más de una ocasión algún
incidente, como el ocurrido en 1989 cuando una explosión
similar causó la muerte de tres personas y numerosos daños
materiales en edificios.
"Sonó como una gran explosión...
Era una cadena larga de ruidos. Miré por la ventana y vi
una gran nube de humo marrón que cubría toda la
calle", dijo a Efe Liah Winberg, que trabaja en el edificio
contiguo frente al que se produjo el suceso.
"Me pareció que estaba otra vez en
el 11 de septiembre. Fue horroroso", agregó Winberg.
Este suceso ha hecho que muchos neoyorquinos volviesen
a vivir la terrible situación del 11 de septiembre de 2001,
cuando terroristas de Al Qaeda estrellaron dos aviones contra
las Torres Gemelas y provocaron la muerte de más de 2.000
personas.
María González, una salvadoreña
testigo directo de la explosión, que fue atendida por lesiones
en el cuello por los servicios sanitarios, dijo a Efe que "cuando
iba por las escaleras en el piso 19 noté como si lloviera".
"Me cayó todo el techo del edificio
en la cabeza", agregó María, quien explicó
que consiguió salir por sí misma del edificio, en
el que, dijo, "todavía queda mucha gente en los pisos
de arriba".
Por su parte, el dominicano Luis Santos, responsable
del mantenimiento del ascensor del edificio afectado, dijo a Efe
que se siente afortunado al salir ileso.
"Oí tal explosión que supe
que tenía que salir inmediatamente del edificio",
señaló Santos.
La explosión se produjo en hora punta,
cuando miles de ciudadanos se dirigen a la estación de
Grand Central al terminar su jornada laboral para regresar a sus
casas en el mismo estado de Nueva York y en el vecino de Connecticut.
Precisamente a esa hora, un grupo de 39 jóvenes
españoles, que se encuentran de intercambio cultural en
EEUU, fueron testigos de excepción del caos y el miedo
vividos tras la explosión.
Dos grupos de veinte y diecinueve jóvenes
procedentes, respectivamente, del País Vasco y Cantabria,
que pasan unos días en el vecino estado de Connecticut,
han vivido de cerca la psicosis que ha despertado en Manhattan
la explosión.
Los jóvenes españoles se encontraban
en la céntrica estación de trenes cuando se produjo
la explosión y declararon a Efe que salieron "corriendo"
de ella.
Entre una multitud que salía despavorida,
recordando que la estación ha figurado en varias ocasiones
como objetivo terrorista, el grupo de jóvenes llegó
disperso a la calle, donde vivió las escenas de pánico
de muchos de los neoyorquinos que se encontraban cerca del lugar
de explosión.
"Estábamos en Grand Central y hemos
tenido que salir corriendo. Nos han dicho que nos alejáramos
del edificio y cuando he mirado hacia arriba he visto el edificio
Chrysler envuelto en humo", dijo a Efe David, uno de los
integrantes del grupo de españoles.
En el momento de salir de Grand Central, los dos
grupos se han dispersado, por lo que los jóvenes se han
visto perdidos entre una muchedumbre que corría la calle
42 dirección oeste.
Por su parte, Angela, una joven vasca, dijo que
vivieron un auténtico "caos", ya que el grupo
no pudo reunirse hasta después de transcurrido "un
buen rato".
"Hemos visto un montón de coches de
la policía, del FBI y mucha, mucha gente, además
de militares con pistolas que vigilaban las entradas a la estación",
relató David, quien se encontraba muy nervioso y excitado
por la experiencia.
El joven explicó que, tras lograr "juntarse
de milagro con el resto del grupo", esperaron a poder tomar
otro tren para volver a Connecticut, donde les esperaban las familias
que les acogen estos días.