El crimen del padre Amaro
Eliseo
Rabadán
Crítica
filosófico-política de la película (inspirada
en la novela del mismo título de Eça de Queiroz,
1875) dirigida por Carlos Carrera, México 2002 (121 minutos)
«(...) La diferencia radical (en la raíz)
de fetiches y dioses, de fetichismo y religión, no excluiría
que sus desarrollos puedan ir entretejidos y que, en el plano
de los fenómenos, la distinción entre ambos, pueda
llegar a convertirse muchas veces poco menos que en una distinción
de razón (...) se comprende que el fetichismo (...) tienda
siempre a extenderse por el ámbito mismo de la religión,
e incluso 'a recubrirla' si tenemos en cuenta que no hay númenes
espirituales puros y que, si todo númen genuino es corpóreo,
será también, por consiguiente un númen virtual.»
Introducción
No
vamos a hacer una reseña cinematográfica de la película
El crimen del padre Amaro, aunque desde esta perspectiva algunos
críticos de cine han dicho que no es tan buena. En este
ámbito me parece que tiene dos cosas destacables: una de
ellas es el guión de Vicente Leñero y la actuación
de Gael García como padre Amaro. Pero quizá merezca
un especial reconocimiento, además, la representación
de la actriz Luisa Huertas en el papel de Dionisia, una mezcla
de loca, beata y chamana que al robar la hostia consagrada para
dársela a su gato enfermo provocara entre los fundamentalistas
católicos mexicanos (y también por parte del propio
Episcopado) las airadas reacciones y los fallidos intentos de
censura o prohibición sobre la película, que finalmente
lo que lograron fue que esta película, no tan genial como
obra del séptimo arte, haya batido en pocas semanas todos
los récords históricos de taquilla en el país
azteca.
Además escandalizó con mayor motivo,
si cabe, la escena en que el padre Amaro pone sobre el torso de
su amada Amelia un manto precioso azul estrellado (símbolo
del cielo, lugar donde habita Dios y los númenes católicos
y donde irán a gozar eternamente junto al Padre todos los
bienaventurados, &c.) y le dice que es incluso más
hermosa que la propia Virgen María.
La película profanaría emic, pues,
símbolos sagrados clave del catolicismo: 1) la sagrada
Hostia, donde el dogma de la transubstanciación se representa,
y que es la clave de la salvación del pecado mediante el
sacrificio del mismo Dios, transformado en animal humano, y 2)
la virginidad de la madre de Dios, la Virgen María, al
ser comparada por el propio cura con la adolescente ansiosa de
amor divino (en la religión católica los curas son
representantes oficiales de Dios en la Tierra).
Un aspecto más mundano que teológico,
digamos, motivo de gran escándalo, fue el hecho de que
es el propio sacerdote Amaro quien lleva a su devota amante a
abortar, pues el hijo que esperaba la adolescente suponía
un obstáculo para las aspiraciones del joven cura en el
seno de la poderosa institución eclesial, pues aspiraba,
cuando menos y apoyado por el obispo de la diócesis, a
ser su sucesor o incluso llegar al propio Vaticano convertido
en Cardenal. Pero debía para ello superar todas las pruebas
sine qua non que le iba poniendo el obispo. Llega a tal nivel
su ambición que no duda en cargarle el mochuelo al periodista,
con el perverso cinismo a que nos tienen acostumbradas las telenovelas
(llamadas en España culebrones) importadas de la América
del Sur.
El aspecto político del crimen del padre
Amaro lo podemos encontrar en los temas donde la Iglesia del Vaticano
se muestra como institución de Poder, en el sentido de
Gonzalo Puente Ojea, o incluso (con variaciones fundamentales
respecto de la crítica de Puente Ojea, naturalmente) en
el sentido de los llamados teólogos de la liberación.
Por último, la implicación entre
el padre Benito y los capos del narcotráfico, es decir,
la propia relación de la Iglesia como institución
de Poder con un poder clandestino pero no por ello menos fuerte
en el presente, no sólo de México sino de Colombia,
Perú, Bolivia y desde luego, en otro aspecto, en el mismo
corazón del Imperio, en los EEUU, en el sentido de que
es con la coartada de la lucha contra el narco como los norteamericanos
se van haciendo con el control de ciertos ámbitos que hasta
ahora vienen considerándose como intocables, como la soberanía
política.
La película insinúa ciertos asuntos
políticos, pero no los toca sino de manera un tanto tangencial,
a mi juicio, pero en esta crítica vamos a desbordar el
mero ámbito cinematográfico para introducirnos en
asuntos que aparecen dibujados o representados, y teniendo en
cuenta la relación entre apariencia y verdad a la que se
refería Gustavo Bueno en su artículo «¿Qué
significa cine religioso?»{3}, trataremos de buscar lo que
hay de verdadero en las apariencias que la película nos
muestra, en el sentido de que corresponden a fenómenos
realmente existentes, tanto en lo que incumbe a fenómenos
religiosos como a fenómenos sociales o políticos
del presente en México.