(26
de enero de 1927-24 de octubre de 2005)
Hijo
de inmigrantes españoles, nació en La Ceiba, capital
del departamento caribeño de Atlántida, si bien estuvo
viviendo en la casa de sus abuelos maternos en el valle cántabro
de Pas, próximo a Santander, en la cornisa atlántica
de España, entre 1935 y 1949, cuando regresó a Honduras
después de haber atravesado ilegalmente la frontera castellana
con Portugal para evitar ser enrolado en el Ejército español.
A lo largo de su |
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carrera
política, ese pasaje biográfico dio pábulo
a sus detractores para acusarle de ser oriundo de España,
concretamente de la localidad santanderina de Noja, de donde procedían
sus padres, si bien esta adjudicación del lugar de nacimiento
nunca pudo ser probada y, por supuesto, fue categóricamente
desmentida por el interesado. |
Estudió
en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) y en el
Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM),
en México, donde obtuvo la licenciatura de ingeniero civil, especializándose
en vivienda y planificación y desarrollo urbanísticos. Se
afilió al Partido Liberal de Honduras (PLH), fuerza que desde su
fundación en 1891 había dominado la política nacional
junto con su rival inveterado más a la derecha, el Partido Nacional
de Honduras (PNH), aunque entre 1933 y 1957 una serie de gobiernos autoritarios
nacionalistas, el más prolongado de los cuales fue el dirigido
por el dictador de hecho Tiburcio Carías Andino, tuvieron postrado
al PLH en la oposición.
En
1962 Azcona se convirtió en director del Frente de Acción
Liberal, una de las múltiples facciones internas que a lo largo
de su historia han hecho del PLH un partido débilmente cohesionado,
a la vez más permeable a las innovaciones democráticas e
ideológicamente heterogéneo. Se registró candidato
en la lista liberal del departamento de Francisco Morazán (que
incluye la capital, Tegucigalpa) para las elecciones al Congreso Nacional
que debían celebrarse en octubre de 1963, mientras que en la liza
presidencial era favorito el pretendiente del partido, Modesto Rodas Alvarado,
pero los comicios quedaron anulados a raíz del golpe de Estado
del coronel Oswaldo López Arellano, quien derrocó al mandatario
saliente del PLH, José Ramón Villeda Morales, y se aprestó
a establecer un nuevo orden constitucional hecho a su medida, otorgando,
de paso, dividendos de poder al PNH.
En
1973, llevando las riendas del país nuevamente López Arellano
pero con el instrumento del Gobierno de facto, es decir, directamente
militar, Azcona adquirió la función de administrador general
de la Federación Hondureña de Cooperativas de Vivienda Limitada
(Fehcovil), y se erigió en coordinador del Movimiento Liberal Rodista
(MLR), nueva facción del PLH que tomaba su nombre del frustrado
presidenciable Modesto Rodas, el respetado histórico del liberalismo
fallecido en 1979, ocho años después del deceso de Villeda.
El MLR articuló una plataforma de rechazo a la dictadura y de exigencia
de la restauración democrática, aunque ciñéndose
a los planteamientos conservadores, que rehuían la confrontación
con los militares. En 1975 Azcona fue elegido por sus compañeros
secretario de organización y propaganda del Directorio Central
del MLR y dos años después accedió al Consejo Central
Ejecutivo (CCE) del PLH, como secretario de Instrucción Política.
Tras
dirigir la campaña del PLH en las elecciones a la Asamblea Constituyente
del 10 de abril 1980, convocadas por la Junta Militar encabezada por el
general Policarpo Paz García (en el poder desde agosto de 1978,
cuando derrocó al general Juan Alberto Melgar Castro, quien a su
vez había derrocado a López Arellano en abril de 1975) como
eslabón de un programa de transición para la devolución
del Gobierno a los civiles y que fueron ganadas por los liberales, el
caché político de Azcona, hombre con fama de temperamental,
sumó nuevos enteros. Colocado a la diestra del nuevo presidente
nominal del PLH, el jefe rodista Roberto Suazo Córdova, se hizo
con la Secretaría General del MLR después de ganar en las
elecciones generales del 29 de noviembre de aquel año el escaño
de congresista con un mandato quinquenal y de haber integrado el comité
de apoyo a la exitosa postulación presidencial de Suazo.
El
27 de enero de 1982 tomo posesión la administración de Suazo,
el primer mandatario liberal desde 1963 y el primero hondureño
con legitimidad democrática desde 1972 (fecha del derrocamiento
del nacionalista Ramón Ernesto Cruz Uclés por el contumaz
López Arellano), y Azcona fue incluido en la misma como ministro
de Comunicaciones, Obras Públicas y Transportes. A comienzos de
1983 su progresión interna en el PLH llegó a la cima con
la obtención de la presidencia del CCE, y así reforzado
se subió a la competición interna para la candidatura presidencial
de 1985, que terminó siendo una complicada carrera de obstáculos,
mezcla de primaria partidista y de cita con las urnas nacionales, a la
que el MLR llegó partida en tres facciones.
La
ruptura se precipitó cuando Suazo rechazó la postulación
de Azcona por el oficialismo, lo que empujó al ingeniero a abandonar
el Ejecutivo en agosto de 1983 y de paso la jefatura del CCE. Siendo incapaces
los liberales de proclamar un candidato unitario frente a los nacionalistas,
se arregló una fórmula de lemas, a la uruguaya, que permitía
a los precandidatos concurrir directamente en la votación presidencial,
sólo que a la hora del escrutinio se iban a tener presentes las
listas partidistas y no los distintos sublemas compartiendo sigla. Resultó
así que Azcona, que debía sus logros políticos más
a las bregas internas del partido que a las dotes carismáticas
de tirón popular, se vio las caras en las urnas, no sólo
con el candidato principal del PNH, Rafael Leonardo Callejas Romero, ex
ministro en las últimas administraciones militares, sino también
con cuatro conmilitones, aunque de facciones rivales.
Aquellos
eran: Óscar Mejía Arellano, ministro de Gobernación
y Justicia, quien contaba con el respaldo de Suazo y, por ende, tenía
detrás al aparato del oficialismo, el cual arremetió duramente
contra Azcona; José Efraín Bu Girón, presidente del
Congreso y tercero en discordia del rodismo; y, Carlos Roberto Reina Idiáquez,
quien había servido en la administración de Villeda y últimamente
fungía de magistrado del Tribunal Interamericano de Derechos Humanos,
el cual animaba la facción Movimiento Liberal Democrático
Revolucionario (M-Lider), de tendencia centroizquierdista y antimilitar.
El Movimiento Azconista tuvo el único soporte de la facción
no rodista Alianza Liberal del Pueblo (Alipo), fundada por Carlos Roberto
Reina y su hermano, Jorge Arturo Reina, antes de separarse para formar
el M-Lider, y que ahora tenía como conductor al empresario Jaime
Rosenthal Oliva, quien fue gratificado por Azcona con la candidatura a
vicepresidente en su tándem.
Con
ambigüedad, Azcona dio a entender que deseaba distanciarse, por un
lado, de la política de Suazo, caracterizada por la prestación
de una amplia colaboración a los servicios de inteligencia y militares
de Estados Unidos y, a través de ellos, si bien de manera encubierta
y nunca reconocida -aunque no por ello menos evidente y flagrante-, a
la guerrilla de la Contra nicaragüense, fuerzas que hallaban en los
territorios hondureños próximos a la frontera una inestimable
retaguardia para sus operaciones bélicas contra el régimen
sandinista de Managua; y por el otro lado, más claramente, de las
posturas de Reina, centradas en el rechazo a esta presencia extranjera
y a la enorme influencia en los asuntos de Estado de las Fuerzas Armadas
hondureñas, el verdadero poder en la sombra.
Sobre
este punto hay que decir que a lo largo de su presidencia, Suazo, con
problemas de salud, se proyectó como un presidente débil,
sometido al arbitrio del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, general
Gustavo Álvarez Martínez (hasta que fue depuesto en un golpe
de mano de oficiales adversarios que le acusaron de conductas autoritarias,
corruptas y belicistas, y, con el visto bueno del Consejo Superior del
Ejército, enviado al exilio, todo ello el 31 de marzo de 1984)
y del embajador estadounidense, John Negroponte, quien más se comportaba
como el administrador de un protectorado. Negroponte dio cobertura a las
violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el personal a las órdenes
de Álvarez y a un instrumento represivo tan execrable como el Batallón
316, de tenebrosa reputación por tener a su cargo el secuestro,
la tortura o la ejecución extrajudicial disfrazada de desaparición
de cientos de hondureños considerados enemigos políticos
por sus posturas izquierdistas o sociales. Por lo demás, el cuatrienio
suazista estuvo sesgado por un clima prebélico intermitente con
Nicaragua, con constantes denuncias ante la ONU de mutuas agresiones fronterizas.
Azcona
aseguró desconocer la presencia de guerrilleros antisandinistas
en Honduras, pero afirmó que si aquel extremo se confirmaba, se
estaría ante "una violación de la Constitución",
y entonces habría que tomar "las medidas necesarias"
para "hacer respetar la soberanía" hondureña.
Ahora bien, el candidato liberal era ajeno a la línea de Reina
de hostilidad a la omnipresencia de los uniformados y creía absolutamente
en la cooperación con la administración de Ronald Reagan
en materia de seguridad, inclusive la realización de grandes maniobras
conjuntas de los dos ejércitos, en tanto las fuerzas gubernamentales
nicaragüenses siguieran constituyendo una amenaza a la integridad
de Honduras. Luego, en líneas generales, con él en la Presidencia
estaba asegurada la continuidad de la política exterior de Suazo.
De
todas maneras, ni él ni los demás candidatos destinaron
mucho tiempo a explicar sus posturas sobre las cuestiones candentes: esta
conversión de Honduras, asomada a una de las líneas más
calientes de la Guerra Fría, en el portaaviones de Estados Unidos
para la contención del izquierdismo revolucionario en Centroamérica;
la inseguridad generada por las bandas de ex guardias somocistas integrados
en la Contra; y, el preocupante balance de los Derechos Humanos y la sistemática
intromisión de los militares en los asuntos civiles, con el pretexto
de un combate a la subversión local, de hecho testimonial de pura
debilidad.
Por
lo tanto, las elecciones presidenciales del 24 de noviembre de 1985 se
celebraron con el corsé que marcaban el débil sistema democrático
y las hipotecas geopolíticas de Honduras. En las urnas, Azcona,
que al cierre de campaña fue tachado por Suazo de “desertor
del Ejército español”, recolectó el 27,5% de
los sufragios, lo que en números absolutos supuso aventajarle a
Mejía en 147.000 papeletas, pero fue ampliamente superado por Callejas,
que obtuvo el 42,6% del total. Pero, puesto que los cuatro candidatos
del PLH habían aunado el 51,5% del voto, con la ley electoral en
la mano, Azcona fue proclamado presidente. En el Congreso, el PLH renovó
su mayoría al colocar 67 diputados sobre 132, si bien de aquellos
sólo 45 podían considerarse azconistas.
El
resultado electoral, por la carambola de las presidenciales y la parquedad
de las legislativas, convirtieron a Azcona en un presidente de muy endeble
andadura inicial, así que en su toma de posesión el 27 de
enero de 1986, a la que asistieron cuatro mandatarios latinoamericanos
y el vicepresidente de Estados Unidos, George Bush, empleó tonos
de reconciliación, con el ojo guiñado a sus adversarios
en un PLH con las heridas abiertas. En el discurso inaugural, Azcona se
comprometió a investigar las actividades en Honduras de la Contra,
a la que la opinión pública nacional relacionaba, con todo
fundamento, con la proliferación de pillajes y desórdenes,
y expresó también su apoyo a las gestiones del Grupo de
Contadora, que estaba intentado mediar en los conflictos centroamericanos
y llevar a gobiernos y oposiciones guerrilleras a una mesa de negociación.
A
los pocos días del cambio de administración se produjo la
renuncia forzada en la jefatura de las Fuerzas Armadas del general Walter
López Reyes, sucesor del controvertido general Álvarez dos
años atrás.
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