Los
demócratas ganaron todo lo que podían ganar en las
elecciones del martes, a excepción del Senado, donde todo
depende de quién se lleve las ajustadísimas elecciones
en Virginia, donde podría haber un nuevo recuento de votos.
El
presidente de EEUU, George W. Bush, admitió en una rueda
de prensa su "decepción" por la victoria demócrata
y aceptó que comparte "una gran parte de la responsabilidad"
en la derrota republicana.
"Irak
ha tenido mucho que ver con el resultado de las elecciones",
reconoció Bush, quien dijo haber aceptado la dimisión
del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.
Rumsfeld
ha sido el principal artífice de la invasión y la
ocupación de Irak, y los demócratas han pedido reiteradamente
su cabeza por el empeoramiento de la situación en ese país.
Horas
antes del anuncio de Bush, la líder demócrata en
la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, insistió
en una rueda de prensa que debía haber un cambio de liderazgo
en el Pentágono.
La
caída de Rumsfeld es un reconocimiento de que los votantes
han penalizado a los republicanos por la política del Gobierno
en Irak y de que el balance de poder en Washington ha cambiado,
según los analistas.
Su
desencanto con la situación en el país mesopotámico,
confirmado en todas las encuestas, ha resultado en un vuelco radical
en el Congreso y ha dado además a los demócratas
la mayoría de los puestos de gobernador del país
por primera vez desde 1994.
El
partido de la oposición se llevó la Cámara
de Representantes con holgura. Necesitaban robarles a los republicanos
quince escaños para ganar la mayoría y lograron
27, con 12 puestos aún por decidirse.
Este
resultado ha superado las propias expectativas de los demócratas
y catapultará a Pelosi a la presidencia de ese órgano,
que ocupará una mujer por primera vez.
En
el Senado, la batalla por el poder se libra aún cuerpo
a cuerpo. Los demócratas les han arrebatado a sus contrincantes
cinco escaños adicionales, con el último, de Montana,
decidido más de 12 horas después del cierre de las
urnas por algo más de 3.000 votos.
Con
ello, los demócratas han logrado, como mínimo, un
empate en el reparto de asientos en la cámara alta, ya
que dos independientes han prometido votar con ellos.
La
pieza determinante del puzzle de poder del Senado es Virginia,
donde el demócrata Jim Webb le saca una ventaja de casi
7.000 votos al republicano George Allen, con el 99 por ciento
de las papeletas contabilizadas.
Webb
se declaró vencedor en la madrugada, pero Allen no reconoció
su derrota y podrá pedir un nuevo recuento, pues el margen
de diferencia no llega al 1 por ciento de los más de 2,3
millones de votos recogidos.
A
falta de ese resultado, los demócratas cuentan con 48 miembros
en la Cámara Alta, mientras que los republicanos tienen
49. Además, desde enero habrá dos independientes,
que los demócratas cuentan como suyos a la hora de votar.
Si
al final hay un vuelco en Virginia y Allen gana, ambos bloques
tendrían 50 senadores en sus filas.
En
ese caso, el vicepresidente de EEUU, Dick Cheney, en virtud del
cargo de presidente del Senado que le reserva la Constitución,
rompería el empate en las votaciones, por lo que los republicanos
mantendrían la voz cantante en esa cámara.
Donde
está confirmada la mayoría demócrata es en
los palacios de los gobernadores del país. El martes se
elegía a los gobernadores de 36 de los 50 estados y los
demócratas se llevaron 20 puestos.
Con
ello, el partido del burro, su mascota, acumula 28 gobernadores,
que son puestos que les dan control sobre el presupuesto de los
estados y otros temas de impacto nacional.
Además,
son una buena plataforma para lanzar candidatos a la presidencia,
como atestiguan Bush, que fue gobernador de Texas, y su antecesor,
Bill Clinton, que lo fue de Arkansas. EFE