Lo
primero, en ser enemigos de EE.UU. Falso. Los más duros
enemigos de ese país fueron Hitler y Mussolini. Y nadie
ha ubicado a la izquierda al nazismo ni al fascismo.
Lo
segundo, en enfrentarse al FMI. Falso. Todavía se recuerdan
vivas las contradicciones del general De Gaulle con el Fondo,
y en América fue Carlos Lleras Restrepo el que primero
se rebeló contra sus órdenes.
Cuando en 1966 el Fondo le ordenó a Colombia una devaluación
masiva, Lleras lo denunció por tratarnos “sin ninguna
consideración ni respeto por la equidad y la justicia”.
Lo mandó a freír espárragos, dispuso el control
cambiario en el Decreto 2867 de aquel año y se inventó
la devaluación gota a gota, que le copiaron en buena parte
del mundo capitalista de la época.
Lo
tercero, en nacionalizar los bienes estratégicos de la
producción. Falso. Esa imbecilidad ya fue cometida por
la derecha. Después de la Segunda Guerra Mundial, todos
los países de Europa Central se apropiaron de las líneas
aéreas, los bancos, las fábricas de automóviles,
las de telefonía y minería.
El
problema después fue desnacionalizar, comprobado el desastre
que produjo esa tontería. Todavía, algunos países
mantienen jurásicas compañías estatales,
focos de ineficiencia y fuentes de pérdidas. Alitalia será
privatizada en breve, cuando el poderoso fisco italiano ya no
tiene cómo alimentarla. Y en América Latina, fuimos
campeones en esa estrategia, comprobadamente suicida.
Lo
cuarto, en no pagar las deudas. Eso no es ser de izquierda, sino
ladrón. Y nadie se atrevería a sostener que todos
los ladrones han sido y son de izquierda. Los gobiernos de Chávez
y Castro no son modelos de pulcritud y el primero de Ortega ha
sido de los más corruptos de América, acaso comparable
con el de Somoza, un bello ejemplar de la derecha ladrona.
Pero además de ladrón, el que por izquierdista se
queda con el dinero de los acreedores, merece el calificativo
de imbécil. El que piense que puede sobrevivir sin crédito
es un tonto.
Lo
quinto, es confiscar el petróleo y los recursos mineros.
Vieja tentación a la que sucumbieron regímenes de
ambos lados, con resultados igualmente desoladores.
Lo
sexto es ahuyentar la inversión extranjera, porque compromete
la soberanía y es el detestable estiércol del imperio.
Con ese estiércol han salido y están saliendo de
la pobreza Singapur, Hong Kong, Malasia, Tailandia, Chile y México.
Nosotros hacemos lo que podemos para que nos manden de ese abono
y no hay un solo país que haya salido de pobre sin capital
extranjero.
Nada
de la receta política de estos quíntuples es nuevo.
Pero todo es torpe y anacrónico. Pobres países los
nuestros, víctimas de la más infecta demagogia,
a la que llamó el propio Ortega: “Una forma de degeneración
intelectual”.