Bagdad
- La ejecución
del ex presidente iraquí Sadam Husein, deseada por muchos
y temida por otros, abre un nuevo capítulo de incertidumbre
e inestabilidad en Irak, país desangrado por guerra civil
anunciada desde que en abril del 2003 el dictador fuera depuesto.
A muchos le inquieta la pregunta "¿Qué
país nos espera una vez que se desinfle el estallido de
felicidad que ahora entusiasma a chiíes y kurdos, principales
víctimas del tirano?".
Nadie sabe a ciencia cierta que medidas prevé
el Gobierno del exultante primer ministro, Nuri al-Maliki, para
contener la previsible reacción de la comunidad suní,
fiel aún al déspota de las dos caras, y evitar que
ascienda al panteón de los mártires.
Aunque la fecha y la hora de la ejecución
-al alba de la fiesta del Sacrificio "Aid al Adha",
la más importante del calendario musulmán- parece
haber sido elegida con tino para amainar las reacciones, se antoja
difícil que la figura de Sadam no se convierta en un icono
de la lucha para los suníes iraquíes.
Venerado por muchos en vida, su muerte, y sobre
todo, la manera en la que le ha sobrevenido -ahorcado tras un
dudoso juicio en el día del sacrificio- puede transformarle
en un símbolo poderoso por sí mismo para azuzar,
aún más si cabe, el odio suní y la guerra
civil en Irak.
Ya en vida, el propio tirano promovió su
imagen como sucesor del famoso guerrero y líder musulmán
Saladino, azote de los cruzados y adalid de los mahometanos.
"Para muchos musulmanes, laicos y religiosos,
suníes y no suníes, no se trata de un acto de justicia,
si no de venganza. Y en el mundo musulmán, todavía
impera con fuerza el dicho ojo por ojo, diente por diente",
afirma un analista iraquí que prefiere no ser identificado.
La prueba de fuego será el entierro del
propio dictador, que con toda probabilidad se realice fuera de
Irak.
Hamad Humud, gobernador de la provincia de Salah
al Din, cuna de Sadam Husein, reveló hoy a Efe que mantiene
contactos con el Gobierno central para que el cadáver sea
sepultado en su pueblo natal de Al Uya.
De momento, la vecina ciudad de Tikrit, bastión
del tirano y gran parte de su camarilla en el poder, ha sido puesta
en estado de máxima alerta.
Sus calles estaban hoy, día del Aid, inusualmente
desiertas, solo marcadas por las pisadas de las botas y los fusiles
de los cuerpos de seguridad del Gobierno chií-kurdo.
Sin embargo, todo apunta a que la opción
elegida podría ser atender a la exigencia de la familia
de Sadam, que ha reclamado el cuerpo para enterrarlo en Yemen.
Horas antes del ahorcamiento, Raghad Sadam, hija
mayor del ex presidente, expresó el deseo familiar de que
su padre sea enterrado en la capital yemení, Sana.
En declaraciones citadas por el canal de televisión
por satélite árabe "Al-Yazira", Raghad
instó al Gobierno yemení a que "intervenga
para que sea enterrado en Sana", de forma temporal, hasta
que "la salida de las tropas de ocupación del país",
permitan que sea sepultado con honores en Irak.
"Va a ser un trabajo titánico para
el actual Gobierno intentar cegar el recuerdo de Sadam y evitar
que se transforme, como los clérigos chiíes que
mató, en un símbolo del martirio que atice el enfrentamiento",
agrega el analista.
El ex presidente iraquí, amigo durante
un tiempo de occidente y enemigo después de aquellos que
lo aceptaron como muro para detener la influencia de la revolución
iraní en Oriente Medio, era consciente de ello.
Antes de subir al cadalso, altivo y desafiante,
como fue su vida, lanzó un último mensaje de rebeldía
al pueblo iraquí: "Levantaos contra el opresor".
Una frase elegida con cuidado y que contiene una
clara alusión a quienes Sadam Husein considera sus verdaderos
enemigos y los reales enemigos del pueblo iraquí: los chiíes,
convertidos según los suníes en los nuevos opresores.
EFE