Unos
4.000 pinochetistas, una cantidad que hace mucho tiempo que no
se veía, se congregaron en esta ocasión para dar
su último adiós al ex gobernante de facto (1973-1990).
La
masa de gente mostró emoción por la partida de su
líder, se enfervorizó con los discursos y se apasionó
en su ira contra los detractores, materializada en insultos y
botellazos, principalmente contra los periodistas, especialmente
de medios españoles.
Una
reportera de la televisión española ya había
sido agredida durante la madrugada, mientras despachaba un informe
desde la puerta de la Escuela Militar.
Las
provocaciones se extendieron durante el funeral a otros informadores,
que fueron insultados y hostigados por los adherentes de Pinochet,
los más exaltados de los cuales también les lanzaron
algunos objetos, uno de los cuales, una botella de plástico,
dio en la cabeza de la reportera de Efe.
Los
asistentes agitaban pañuelos blancos para despedir al ex
dictador y aprovechaban cualquier oportunidad para insultar a
los periodistas con términos como "mentirosos"
o "vendidos", más aún cuando veían
credenciales de prensa española.
La
inquina de los partidarios de Pinochet contra los españoles
se remonta al 16 de octubre de 1998, cuando el ex dictador fue
detenido en Londres a solicitud del juez Baltazar Garzón,
que buscaba enjuiciarlo por crímenes de lesa humanidad.
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El
trabajo de los periodistas se complicó más
porque los seguidores de Pinochet se infiltraron en las
áreas habilitadas para la prensa, y entorpecían
y trataban de impedir la labor de los informadores, especialmente
de fotógrafos y camarógrafos. |
Aparentemente,
les sirvieron de acicate las palabras de Lucía Pinochet,
la hija mayor del ex dictador, que en su discurso durante la misa
acusó a "la prensa internacional" de haber perseguido
a su padre.
"La
prensa internacional lo ha calificado en los peores términos
que alguien pueda proferir a un ser humano", afirmó
Lucía Pinochet.
Así,
con vítores como "¡Viva Chile Pinochet!"
y "¡Presidente Pinochet aquí estamos otra vez!"
y pañuelos blancos en alto, los adherentes interrumpían
una y otra vez la ceremonia.
Mientras
todo esto sucedía en el patio de la Escuela Militar, en
las afueras del recinto militar los pinochetistas que no pudieron
ingresar a la ceremonia se hacían notar con cantos y gritos.
Los
únicos felices en el funeral de Pinochet eran los numerosos
vendedores ambulantes que se apostaron en las afueras del recinto
militar, para vender insignias con la cara de Pinochet, banderas
chilenas y paraguas para aplacar el incesante calor que imperaba
en la capital chilena.
Incluso
los residentes en edificios cercanos al recinto, de muchos de
los cuales colgaban banderas chilenas, alquilaban sus balcones
a quienes querían tener una mejor visión del funeral.
La
gente de pie podía pagar 10.000 pesos (19 dólares)
por un puesto en un balcón, pero la cifra podía
hasta multiplicarse por diez si el interesado era un fotógrafo
o camarógrafo.
La
masa humana obligó a los carabineros a cerrar momentáneamente
las calles aledañas.
La
gran interrogante para los periodistas es de dónde
salieron los miles de adherentes del ex dictador, que en
los últimos años jamás se vieron, pues
cuando salían a la calle a manifestarse o incluso
cuando saludaban al ex dictador en su cumpleaños
no llegaban al centenar.
La
única parte del funeral a la que tuvieron acceso
todos los seguidores de Pinochet fue a los honores que le
brindó el Ejército en el frontis de la Escuela
Militar, donde, como ordena el reglamento, una cureña,
seguida de un caballo sin jinete, trasladó el féretro. |
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En
esa etapa, la familia Pinochet-Hiriart sucumbió al llanto,
mientras los adherentes seguían con sus epítetos
contra la prensa y sólo se callaron cuando despegó
el helicóptero que trasladó el cadáver hasta
la localidad costera de Concón, a 140 kilómetros
al noroeste de Santiago, para ser incinerado. EFE